A contracorriente | La penúltima chicotá

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Adiós tiene nombre de drama, escribió mi añorado Juan Carlos. Aquello no era una despedida formal, pero tras su fallecimiento cobró esa dimensión para el vulgo.

No voy a explicar un pasodoble de mi ídolo. Pero iba por otro lado, aunque eso no quita para que la frase fuese brutal, inapelable, definitiva como era él. Y, sin pararme a pensarlo me puse a escribir una exaltación, la de Cajasol, que en sus últimos versos lleva ese adiós inscrito en mi piel.

El de la Virgen de la Caridad es un tatuaje invisible, pero que nunca cicatriza y, o mucho me equivoco, nunca lo va a hacer, pues ella es mi libertad y mi contradicción, en la que vivo -creo- desde antes de nacer. 

Esa Virgen es el todo (o al menos el mío) y ha sido como uno de esos amores prohibidos, proscritos, que no nombras para que no te encadenen. Pero es, como he dicho en la exaltación, el primero, el que permanece intacto.

No hay nada más puro que eso: amar a sabiendas de que nadie corresponderá ese sentimiento. Es algo doloroso, pero a la par liberador, porque nunca le he tenido que dar explicaciones a nadie.

Ahora, tampoco las doy, porque si a alguien se las debo es a ella y ya se las di cuando sentí que traicionaba aquel sentimiento. Y, curiosamente, hace unos días alguien hizo un vaticinio y me vio de costalero en esa otra hermandad, acompañando a Marcos.

Si acierta en su diagnóstico lo haré (si me dejan) y esta vez no me sentiré mal. Y, sin planearlo, esta noche he sentido que entregaba el testigo a esa personita que me ha devuelto a las cuaresmas de mi infancia y que, a la vez, recitaba la última chicotá, de la mejor manera que sé, escribiendo. Puede que sea la penúltima, eso quiero pensar. Pero si acaba con esta, no sé si bonita, pero más sincera no puede ser.