A contracorriente | La policía cofrade

En la era del Cecop, de los semáforos de aforo, de las líneas rojas y de las vallas que dejan estampas de procesiones carentes de público, de pueblo fiel que rece y del sentido mismo de la protestación pública de fe, la necesidad de una policía cofrade se torna necesaria, importante, definitiva. 

Una policía que vigile a la otra policía y vaya deshaciendo el entuerto quitando vallas, convocando a las personas a la procesión, atendiendo al ciudadano que gusta de las hermandades y le indique dónde puede disfrutar, más y mejor, de tal o cual cofradía. 

Una policía que preste un servicio al ciudadano, cofrade o no, y le recomiende que las pipas se las coma al llegar a casa y la sillita se la guarde para el verano (como las bicicletas), para la playa. Y que le explique al turista despistado que esto no es como una obra de teatro callejera, sino algo mucho más elevado y democrático porque las calles las toma cualquiera que tenga fe y se respeta al que no la tiene. 

Una policía que entienda la espontaneidad de un aplauso o una saeta, e incluso, que sepa distinguir una buena chicotá de otra que no lo es. 

Una policía y unos dirigentes que no nos priven del sentimiento con decenas de normas e imposiciones. Que sirva para salvaguardar la libertad y sean los garantes de las pocas cosas que aun podemos disfrutar en la calle.