Hay temas recurrentes, que se repiten, que se redifusionan como un bucle infinito a lo largo de la historia.
En la de los últimos siglos de este país, desde la decadencia y la corrupción en tiempos de los Austrias Menores hasta hoy, con el siglo XIX más largo -pues seguimos en él-; el paradigma se ha mostrado inalterable.
En el caso de Córdoba y sus cofradías, exactamente igual. Con leves excepciones para amenizar la cotidianidad desabrida e insulsa, desde que Pedro Antonio de Trevilla decidió que solo hubiera procesión del Santo Entierro, la cosa ha cambiado poco, aunque parezca lo contrario.
Cierto es que, antes de Trevilla, tampoco es que la Semana Santa de Córdoba fuera algo más que procesiones de rogativas y que, por más que haya voceros tenaces, el estilo cordobés nunca fue tal. Pero tampoco deja de serlo que a este lado del Guadalquivir los trenes de la Madrugá y del Sábado Santo se perdieron antes de que se inventara el trolebús.
De ambas jornadas se lleva hablando largo tiempo, pero lo primero y fundamental es que nazca de las hermandades y de la propia ciudad, que ya en los 90 dio la espalda a aquel intento de ampliar la Madrugada.
En consecuencia, lo demás viene por añadidura. Las ocurrencias de algún partido político solo llevarían al fracaso si no parte de quien debe y el talonario es el único pilar. Como tampoco es menos cierto que en la Catedral se celebra un Triduo Sacro, cuyo horario ya es bastante condena para alguna hermandad del Viernes Santo, ponerse en Sábado así, difícil. Y máxime con las nuevas normas capitulares para las cofradías.
Pero ese es otro tema, el del cariño de hace una década a las hermandades por parte de la Iglesia, cuando la Mezquita Catedral estaba en juego y el creciente desapego.
Es ‘La teoría de los imposibles’, la de una Madrugada, un Sábado Santo y una ciudad comprometida, de la que bien se habla en la entrega semanal de Cofrades 24/7.





