Decíamos ayer que era casi lógico, viendo determinadas actitudes eclesiales, que el personal tuviera más fe en la ciencia que en el propio oficio de la fe, la religión.
Los datos los avalaba una encuesta de la Fundación BBVA de la que se hacía eco la Ser, en una conjunción curiosamente mística entre los tenedores del dinero y los de la tendencia política imperante, al menos, en lo que se refiere a quien ostenta el poder.
Ese barómetro veraniego y oportuno señalaba que la nota media de la ciencia era de un 8,5 sobre 10, mientras que los encuestados valoraban a la religión con un 3,5. Esto es, los curas, pastores e imanes deberán examinarse en septiembre y aplicarse para llegar al 5.
También señalaba el sondeo que solo algo menos de la mitad de las personas a las que se le preguntó creían en la existencia de Dios. Un dato llamativo, teniendo en cuenta que en la mitad del país gusta más una procesión o una romería que un certamen de bandas en otoño.
De ese modo llegamos al dilema de la falsa dicotomía: o la encuesta está mas cocinada que un cocido de Tezanos o los que participan o van como espectadores de procesiones, peregrinaciones y romerías lo hacen como el que acude a la cabalgata del carnaval.
Si bien es cierto que me inclino por lo primero, no lo es menos que de lo segundo hay cierta abundancia. Así como una intensa escala de grises que convierte al profano en testigo de lo insólito. Por lo que es imposible tener la certeza de la eternidad, pero sí la de la manipulación mediática. La misma que antes ejercían los ahora suspensos.





