A contracorriente | Los capataces y los palmeros

Hablábamos ayer de una estirpe muy selecta, la de los capataces malditos. Selecta, porque son un pequeño grupo que, además, se distinguen por saber decir que no en el momento apropiado. 

Una rara avis que contrasta con otro grupo de capataces, numeroso e ingente, que viven rodeados de una corte de palmeros, una guardia pretoriana, que se encarga de loarlos a la cara y de dar la cara por ellos en las redes sociales que es, en definitiva, el espacio donde se marca la tendencia.

De tanto repetir el mensaje con frases ocurrentes, que no son sino el superlativo impostado de la felicitación inmerecida, cualquier hijo de vecino llega a pensar que el capataz en cuestión es la quinta esencia de los martillos, un súper guerrero fusionado como los de Bola de Dragón mezcla de los Villanueva, Santiago y Ariza.

Nada más lejos de la realidad, pues mientras los adjetivos escalan al grado superlativo, la aritmética de la calidad del capataz es inversamente proporcional. 

Es, ni más ni menos, que el juego que hacen los políticos cuando están el poder diciendo lo mucho que hacen. Es lo del dicho del dime de qué presumes y te diré de qué careces. En este caso, las carencias de algunos capataces son tantas, que deberían replantearse seriamente el volver a ponerse el terno negro.

Sin embargo, no lo harán, pues su corte de palmeros aplaudirá con más fuerza y, a quienes osen criticarlo le caerán encima cual plaga veterotestamentaria ¿Qué ganamos? Nada o, tal vez, un mal capataz con la visión de la realidad perdida y jaleado por su gente. Pues eso, nada.