A contracorriente | Nacionalismo de salón

Con ese término bautizaron algunos sectores de la izquierda el denominado ‘Día de la Bandera’, que hace cuatro años institucionalizó Juanma Moreno, aceptando la propuesta de Alejandro Rojas-Marcos.

Nunca he sido sospechoso de ser nacionalista (como cantaba Búnbury, los nacionalismos qué miedo me dan), tampoco de que me gusten ni las banderas ni las fronteras, que a fin de cuentas son una raya sobre el mapa. Pero sí hay un detalle en esa reivindicación del 4 de diciembre del ’77 sobre la que merece la pena reflexionar.

Ese día, cuando apenas tenía tres meses y cuatro días, dos millones de andaluces se echaron a la calle para, como dice Juanma (en eso lleva toda la razón), pedir dignidad. 

Tampoco creo en el estado de las autonomías, pues está demostrado que es un ejercicio fallido hasta el extremo de la burocracia y de los privilegios. Pero en esto último está la clave. Esa dignidad que se pidió aquel día acabó con un joven malagueño muerto (se imaginan la clase de mártir que harían en el norte) y es la que siempre se nos ha negado.

Es una pura lección de historia de los últimos siglos, no hay más, cuando la tierra que habitamos es uno de los lugares del mundo más singulares, donde se encontraron civilizaciones y nos legaron hasta una ciudad trimilenaria.

¿Se imaginan ahora a dos millones de andaluces saliendo a la calle para decir basta de privilegios para los del Norte? Esos que se les siguen dando mientras con nosotros se ejerce una especie de caridad miserable. 

No pasará, pero tampoco entenderán que Andalucía no es un territorio, sino un espacio vital, una forma de sentir y respirar, que va desde quienes se dejan la piel cada día, de quienes absorben la vida como un regalo y que pasa, dentro de ese presente, por el Carnaval y la Semana Santa.

Y con las cofradías, tal vez nuestra mejor seña de identidad, nos da por cometer excesos pueriles que, tanto dentro como fuera, nos hacen sentir como los bufones del circo que siempre quisieron que el resto viera.

Tenemos un acento gracioso, dicen cuando subes a España (y no diré lo que pienso, porque ya no se puede ofender); estamos siempre de fiesta; seguramente, también ebrios 18 horas al día; contamos chistes por las esquinas; y, como pobres analfabetos, nos encomendamos a Dios en cada Semana Santa y salida extraordinaria.

Odio con todas mis fuerzas a quienes nos ven así, y no es un sentimiento negociable. Pero también aborrezco a quienes damos pie a que esa sea nuestra imagen y que no dignifiquemos con todas nuestras fuerzas que los cofrades (la parte más numerosa de Andalucía) somos los garantes de lo que el hombre se ha preguntado desde que tiene conciencia de sí mismo: la trascendencia.

Somos el todo que representa nuestra tierra, cuidémoslo.