Hablar de mundo de las cofradías es hablar de la sociedad. Hablar de la sociedad es hablar de una serie de tendencias (denunciadas hace mucho por Ratzinger) que se enmarcan en el ámbito de la posverdad. Y hablar de la posverdad es hablar de que todo vale.
En lo de las cofradías, como no podía ser menos, también pasa y de manera incluso más acusada que en otros ámbitos. Y no deja de ser curioso, sintomático y significativo que se produzca en un estamento donde los golpes de pecho, la bondad y los valores se preconicen a voz en grito.
Y, aunque cosas buenas -muy buenas- sí que tienen, no es menos cierto que lo malo chirría más fuerte que una bisagra oxidada.
Así vemos como la cultura del esfuerzo, arrinconada en una esquina de nuestro mundo, en esto de las cofradías es también una quimera, parte de un pasado mítico. De modo que cuando cualquiera llega al poder de la hermandad o del ámbito que sea no suele valorar la labor anterior, por sobresaliente que sea ¿Para qué?
En consecuencia y con la anuencia de todos, te puedes cargar a cualquiera (ya sea un capataz, un vestidor o un prioste) por muy bueno que sea, simplemente porque no es de tu cuerda.
O, mejor aun, para llegar al poder imitas todo lo malo y mezquino de la clase política. Al que llamas hermano en público, lo puteas en privado todo lo que puedes. O bien, como ya nadie se tapa, lo sometes al pelotón de fusilamiento de las redes sociales.
Eso no deja de ser curioso, sintomático y significativo que se produzca en un estamento donde los golpes de pecho, la bondad y los valores se preconicen a voz en grito.





