La vida está plagada de soledades, de pequeños olvidos -probablemente intrascendentes- que pasan desapercibidos para la mayoría, a excepción de los “protagonistas” a los que cubre el telón del silencio.
En esos casos, el afectado, o no tiene el altavoz para quejarse, o si lo posee no lo usa para no señalarse, porque hay ocasiones en las que pasar desapercibido se antoja la mejor solución.
Esto lleva pasando bastante tiempo y con la frecuencia del mecanismo de un reloj en las relaciones iglesia-cofradías. Una tensión latente, pero no como la de la OTAN con el Gobierno de España, pues las hermandades deciden asumir el silencio como parte de las reglas del juego. Es más, si hablas con quien no debes, muestras tu disconformidad a las reglas a la persona no adecuada o le caes mal a la autoridad equivocada, estás a un solo paso de que te hagan un Puerta Nueva (aún se espera el resultado de la parálisis impuesta).
Bajo esas premisas, una misión diocesana puede convertirse en ejemplo de quienes de verdad importan a la Iglesia, que no son más que los suyos y las cofradías no entran en esa categoría, son más bien el accésit del jurado popular. Y el ejemplo se relató en este medio con la noticia del Obispado sobre la misión diocesana en la que se nombró a todas las realidades y delegaciones participantes y se olvidó a hermandades como el Huerto, el Amor, la Vera Cruz y el Descendimiento.
Los afectados no dirán nada por prudencia, o porque en el fondo asumen que son los hijos del dios menor, los que sirven de legión multitudinaria cuando la santa madre llama a la batalla de una magna o a una campaña de esas para las que sus soldados naturales son pocos.
En este caso, el olvido no es más que un detalle, el mismo que da la medida de lo que para ellos suponen ls cofradías.





