El modelo chino parece haber llegado para quedarse. En Pekín y el resto de ciudades del país oriental (comunista, por cierto) las cámaras están a la orden del día. Pasas y te reconocen y saben todo lo que haces. El ejercicio de control social es abrumador y a la sociedad europea y a las cofradías está llegando de la mano de gobernantes (sean del signo que sean), de las autoridades religiosas y de los propios cofrades, que se muestran sumisos al poder civil.
El ejemplo de un supuesto (llamémoslo así) experimento de control de la movilidad del público de las procesiones, en el caso de Sevilla, ha sido brutal. Ver una cruz de guía parada, con una valla y un policía delante deja claro que la seguridad y sus responsables mandan, y mucho.
Ver una calleja cortada, vacía, y el espectador más cercano a 50 metros del cortejo ha sido otra de las estampas demoledoras, que vienen a dejar a las claras que las cofradías se verán de la forma y modo que digan los responsables de la seguridad en todos sus estamentos.
Imbuidos en esta tendencia, el punto de anarquía de la celebración se fue por el mismo sumidero que el de la soberanía de las hermandades cuando la Iglesia se dio cuenta de que eran un filón.
La calle no es un espacio de libertad, del que tampoco se libran los cofrades. Y hay que estar atentos porque estos, seguramente, solo son los primeros pasos. Vendrá más control, se irá extendiendo a otras capitales y todo se irá reconduciendo al estrecho reglamento de quienes ostentan el poder.
La única subversión sería quedarse en casa, dejar vacías las calles, romper el atractivo turístico religioso-civil, pues sin populacho (como ellos realmente nos consideran) habrá más control, pero menos músculo económico-social.





