No se puede evitar ser uno mismo a la hora de opinar. Ni siquiera ser siempre el mismo, con algún minúsculo cambio de opinión distinto a los del presidente del Gobierno. Tampoco dejar escapar los argumentos y resolver tres artículos de opinión en uno, porque hay tanto que reflexionar que es mejor hacerlo solidariamente.
Así empezamos por uno de los temas de moda, el de la hermandad del Domingo de Ramos, que ha encontrado hermano mayor por sorpresa, casi con la intervención divina de Isabel Gemio, y a la que solo le falta Mario Vaquerizo cantando detrás del Señor, mientras buscan banda que sustituya a la que todavía tienen, desesperadamente. Como ya hizo otra tiempo atrás, aunque reconocer que negociaron en paralelo sea de valientes.
Es más, la nueva junta persigue un dos por uno (Magna y Domingo de Ramos) como si de una oferta de una conocida marca de supermercados se tratase. Todo puede negarse, pero podrían darse nombres de bandas y de contactos de las mismas con las que se han tratado. Casi tantos como los de otra cofradía cordobesa con Triana en una falla recurrente con Sevilla.
También se puede, como ha hecho un reputado columnista de este medio, hablar un ratito de La Macarena, de los medios que son juez y parte, y hasta preguntarse en qué nos gastamos el dinero público. Sobre todo, en lo referente a medios que se sufragan con el erario y acusan con su dedo al hermano mayor de Santander. No porque sea cántabro, sino porque no se pliega al canon de la Sevilla de los profesores de artes plásticas que no han sido referentes de nada en toda su vida, salvo de fracasos estrepitosos. Al reglamen de tertulianos que han visto la oportunidad de su vida en este asunto. Al de presidentes de un Consejo que no se representa ni a sí mismo. Al de locutores que no son más que una voz tras las ondas subvencionadas y no son más que una crítica constante al que no piensa como él, con todo el socialismo que esto conlleva. Y a la norma del lector del manifiesto que solo sirve para salir en televisión y tener el momento de gloria, los 15 minutos, en los que se hace portavoz de la asamblea de hermanos, ignorando el bonito significado de asamblea, de pluralidad, de libertad.
Decía un poeta que se la sudaban la pasta de madera y los llantos que no fueran el suyo, así de lírico. Lo que no se la sudaba es que nadie hablara por él. Si fuera algo más que un devoto y perteneciera a la nómina de hermanos de la Macarena, Cabrero iba a flipar y no por ser de Santander ni por enfrentarse al Consejo y a Canal Sur que se lo aplaudo, sino por jugar a la ligera con los sentimientos más profundos. Y si tuviera un micro no iba a descansar hasta que más de uno tuviera su merecido por esa hilaridad insultante y esa soberbia penetrante sin ser nadie más que yo ni cualquier otro.
O la de quienes en los grupos de WhatsApp animan a votar que no a la restauración de Manzano, afirmando que lo hay que hacer es echar al cántabro. No se sabe si por ser de Santander o porque la Virgen es una excusa con la que depurar sus cuitas. Las mismas que han llegado a las mañanas de Antena 3 para demostrar que el santo tira de audiencia y la moral es cosa del pasado.
Tampoco se iban a librar quienes diseñan magnas como quienes les precedieron, haciendo del asunto de la fe una levedad tan sutil como el verso de un poema sin poeta y presumen de su estulticia con el atrevimiento del ignorante. Con una copa en Alcázar se arregla todo, o se resume en la verdadera intención, que no es otra que el homenaje, sea del tipo que sea. Si no, no se explicaría que a la Magna vayan imágenes de dudosa calidad artística, que se obvien varias cuyos pasos están terminados y se organice un desfile que, o bien irá con pasos de prestado o será una sucesión de fases de carpintero, talla y bordado para mostrar al mundo el estado real de las cosas en Córdoba (como enfoquen a los de Sadeco ya lo bordan o lo tiran por la borda, como dijo Quique González). O, como escribió mi admirado (casi adorado) Juan Carlos Aragón, miro al cielo y digo por lo menos, dime quién es malo y quien es bueno, porque así no puedo creer.





