A contracorriente | Tinglao

La naturaleza urbana de una ciudad, hasta cuando está de feria, es la que es, en el sentido metafísico de la existencia. No se puede separar de su esencia, pues ya no se trataría de perder sino de la ausencia de ser. 

Y esas cuestiones, aparentemente trascendentales, pueden abordarte en pleno paseo por la feria, porque el sol, el rebujito y el sudor son malos consejeros. Tanto, que de la naturaleza urbana se pasa a la sustancia última de las cofradías y uno ya se pierde en el discurso epistemológico y no sabe si está discerniendo lo humano o lo divino. 

Pero el nombre de una caset ‘Tinglao’ se aparece ante la vista y uno no acierta a saber si es una ilusión óptica o un signo de nuestro tiempo. Ese término, tinglao, se asocia a la gran procesión de Roma y a la carpa magna que se montó para que, mientras otras imágenes salían de iglesias, el Cachorro acompañara a la Esperanza de Málaga. 

Y no es que lo afirme un servidor, es que los hechos así lo corroboran y hasta el periodista del Corriere della Sera se onnubiló en su crónica del portentoso baldaquino de la Esperanza, con una mínima referencia al crucificado de Ruiz Gijón. 

Han pasado las semanas y la naturaleza de la autoproclamada gran procesión sigue estando en su punto de partida, el tinglao, que hasta en Córdoba y en feria se recuerda con cierta justicia poética.