A contracorriente | Un amor por las cofradías, arrebatado y repentino

A unas hermandades las echaron de San Jacinto en Sevilla, a otras les cobraban por ponerles la rampa en la Catedral de Córdoba. Hubo algún obispo que prohibió, ya en este siglo, que en un templo de nueva construcción se pusieran hornacinas, no fuera a ser que pusieran “santos”.

Todo eso pasó hace no mucho, aunque nos parezca una vida y haya hasta quien ni lo sepa. Pero ese era el tipo de amor (el de la chica guapa que ni se da cuenta de que el chico tímido existe) que sentía la Iglesia por las cofradías.

No llegaba ni a desamor, sino más bien desdén. Y, durante décadas, nadie atisbaba ni a imaginar que algún día se revertiera la situación. Pero pasó.

Y es que el chico tímido creció, fue al gimnasio, se mató con las mancuernas y los ejercicios de cardio y se puso fuertecito. Se le cayeron las espinillas, se acabó el calvario de los brackets y lucía una sonrisa de anuncio de clínica dental, se echó gomina y se acicaló las patillas.

De repente, las calles se llenaron de gente que quería ver al hombre de la nueva era. Y ese no era otro que las cofradías, atrayendo a nuevos fieles, en contraste con el vacío que presentaban las bancas de los templos donde nunca quisieron hermandades.

“Iglesias vacías, calles llenas”, dice acertadamente Rafael Zafra. De ese baño de realidad vino el amor sacerdotal por las cofradías que, en su primera fase, siempre es arrebatado y repentino. 

Pero luego la relación entra en los cauces de la estabilidad, la monotonía y, en ocasiones (aunque prohibido por la Iglesia) llega el divorcio. Lo que está por ver es cuál de las dos partes acabará llamando al abogado y pidiendo la separación.