Se va la luz, Internet, los datos móviles y, cuando descubres que no pasa ni en tu casa ni en tu bloque, sino en toda la Península Ibérica, resulta que te acuerdas hasta de cuándo Portugal perteneció a España.
Luego llegan las reminiscencias de los ´80, ´90 y primeros 2000, cuando no había redes y se quedaba por teléfono fijo, o de palabra, en un sitio y a una hora. El flash back no te inquieta, más allá de que al caer el sol se convierta todo en La Purga y de que en la radio que pagamos todos los españoles el discurso sea el propio de una dictadura.
Todo recuerda a la pandemia y al encarcelamiento arbitrario al que nos sometieron (lo dijo hasta el Constitucional). Todo recuerda a que, cuando pase un día, la indignación habrá caído y seguiremos adelante hacia nuestro propio precipicio.
Decir que somos tercermundistas se queda corto. No pensar en el enemigo interior es un gesto de inconsciencia.
Envuelto en esos pensamientos, cae el sol y la linterna y la vela alumbran la oscuridad del salón. El pensamiento me lleva a las cofradías, mientras en la radio te recomiendan no circular y el Cecop y sus vallas se aparecen en la estancia.
Me pregunto si esa panda de expertos estarán al mando y se me escapa el sarcasmo por la comisura de los labios. La de ellos, con las cofradías y con la sociedad, es una guerra psicológica y nuestra mente es débil. La batalla está perdida.





