A contracorriente | Un gesto de respeto

Antes de empezar, para que nadie se lleve a engaño, nos une una devoción común que está a cincuenta kilómetros de Córdoba. Para que tampoco se confunda nadie, no ha estado entre mis capataces fetiche, pero sí en ese exclusivo grupo de personas a las que respetas, porque son de las contadas que, como los misterios que andan bien, van siempre de frente.

Su nombre es Juan Rodríguez Aguilar. Capataz emérito, si es que el título existe, de la Redención y hermano también de la Merced. Con él, como con tantos otros, se cometió una injusticia, una salida por la puerta de atrás que no merecía. Y no he escuchado a nadie pedir perdón por ello, cuando deberían hacerlo.

Lo que sí he visto han sido muestras de respeto, admiración y reconocimiento en estos años, como cuando los Fernández aun gobernaban el palio de la Merced y tocó su martillo con la franqueza que caracteriza a Juan.

Este Lunes Santo también lo hizo, en el paso de Coronación y, para rematar, acompañó a Carlos Lara al frente del que fue su paso un cuarto de siglo. Un gesto que engrandece a Raúl Casares y a Carlos, que ya es grande por sí mismo. 

Pero la generosidad es un plus en este tiempo de egos mal construidos; una necesidad del alma; un hallazgo entre tanta mediocridad. Los dos capataces que se hicieron a un lado para honrar a Juan la tienen. Y Juan, con sus luces y sus sombras -como las de cualquiera- será siempre el capataz de Redención.

Les decía que nos une una devoción común, que curiosamente tiene la clave en su segundo apellido. La misma que siento por los capataces que le supieron dar su sitio.