A contracorriente | Una cofradía pirata es el ejemplo

La realidad tiene puntos de brillo que, por escasos, sobresalen sobre la mediocridad reinante. Soy consciente de que, desde el titular, ya habrá-como decía un amigo de Barbate- quien me estará mentando. Pero solo es el principio, no se desesperen y dejen de leer, que están a tiempo.

La Abnegación de Sevilla es un ejemplo en muchos sentidos, pero, ante todo, de que se puede buscar la verdad caminando por los márgenes y las direcciones prohibidas, que decía mi admirado Juan Carlos. Los llaman piratas porque son una asociación civil y han osado no pertenecer a la Iglesia y seguir su camino (en Puente Genil también hay ejemplos).

Niños díscolos que, para colmo van construyendo un patrimonio y, para mayor oprobio, recorren las calles de la Muy Mariana ciudad arropados por una multitud. Y, por si esto fuera poco, pasan cerquita de la Catedral Metropolitana para demostrar, quizá sin quererlo, que no necesitan a una jerarquía obsoleta para realizar auténtica protestación pública de fe.

Llegados a este punto podríamos repasar las correcciones que la Iglesia de San Pablo se ha hecho a sí misma a lo largo de la historia, hasta un concilio para desmentir las denuncias, bastante fundadas, de Lutero. Pero en el caso que nos ocupa basta señalar como, en este siglo XXI, las cofradías se han vuelto más sumisas que los campesinos en la Edad Media y se dejan utilizar. Se rasgan las vestiduras si hace falta contra el socialista de turno, mientras se guarda silencio cómplice porque se cobre en tantas catedrales por acudir a la casa de Dios.

Aquel pasaje bíblico de Jesús con los mercaderes, como Lutero con las cartas de San Pablo, se obvia, pues ante todo hay que tener abnegación.