El Capirote, Opinión, Sevilla

A gorrazos

El curso cofradiero próximo a acabar y en el horizonte multitud de extraordinarias que nos recuerda que ya es Semana Santa todo el año. No estaría de más, de igual modo que las hermandades se afanan en mejorar su patrimonio que los hermanos hicieran lo propio y algunos, que de soberbia andan sobrados, dejaran de lado para siempre o por unos instantes –tampoco se le va a exigir a quien no puede–. Soberbia por poner un ejemplo, porque si habláramos de pecados capitales aquí tendríamos una extensa colección, de volúmenes bien catalogados.

Pero hablamos de soberbia porque es la que mayormente hemos observado el pasado curso cofradiero. Y vaya usted a saber si algún otro ejemplo no se ha quedado atrás. Para arrojar luz a este asunto nos centraremos en dos vivencias que mejor quedaran en el olvido.

Resulta que corría el mes de marzo, con numerosos actos y cultos en nuestras cofradías, algunos tan importantes que se llenan los templos hasta los topes, aunque luego no se dignen a acercarse. Como no podemos medir el porcentaje de fe y de postureo digamos que el culto al que nos referimos contó con numeroso público. Pero antes de ello hay que levantar altares. Y en una de estas, andaba en un céntrico templo cuando dos jóvenes –las nuevas generaciones vienen pisando fuerte– se disponen a predisponer del tempo como si fuera suyo. Uno de ellos se aproxima a un hermano de otra de las corporaciones que tienen su sede en la parroquia y le ordena que eche las cortinas porque tienen que preparar el altar. Y lo hace con unas formas que bien podrían expulsarlo del templo, o de la hermandad –da igual el orden–. Poco amor demostró hacia el prójimo, quien solo se limitó a hacer lo que la otra parte le pidió.

Pero no señalemos a las hermandades, también tenemos párrocos que bien podrían dejar su puesto porque por sus formas causan rechazo desde la distancia. Y vaya si hay ejemplos. Que se lo digan a aquel señor que acudió a pedir su partida de bautismo a una lejana parroquia el 14 de febrero. Cuál fue su porvenir que se equivocó a la hora de acceder al despacho parroquial haciéndolo por la puerta de una sala contigua, que a fin de cuentas daba al mismo despacho. Pero cuando el párroco lo vio asomar bajo el dintel, los gritos fueron tantos que quienes nos encontrábamos en el templo nos quedamos de piedra. Había cometido el error de llegar al despacho parroquial a través de un espacio con la puerta abierta y que no impedía acceso alguno, desde la que podía divisarse el despecho. El momento fue incómodo, y la bronca de tal consideración que no olvido hasta la fecha. Menos costará olvidarlo a quien lo padeció, al que se le quitaron las ganas de pedir la partida. Es más, llegó a pedir unas innecesarias disculpas. Después lo vemos oficiando misa, cerca de los titulares –sin los cuales su parroquia tendría menos fieles– y dando la paz.

Dos ejemplos que no son rara avis por desgracia. Podrán ser jóvenes o de mayor edad, que crean o dejen de hacerlo, que ostenten un papel dentro de la iglesia o sean los típicos que al no haber destacado en ningún aspecto de su vida se metan en las hermandades a figurar. Hay tanta variedad y en ocasiones con tanta falta de tacto que uno se pregunta si no sería mejor dar paso a otras personas que pudieran hacerlo de un modo óptimo, peor sería imposible.