Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

A las cofradías se viene enseñado

Hoy parece que el ambiente en la calle por la que pasa la procesión está más animado. Como siempre ocurre, el sentir de la gente que nos mira se identifica con el ánimo del pueblo pues… ¿no es el pueblo el espectador del paso de las procesiones? ¿No es el pueblo para quien se desarrolla cada puesta en escena de una hermandad en la calle?

Ese mejor ánimo se percibe desde hace unos días, desde el momento en que nos han permitido un pequeño margen más a nuestras actividades, a nuestros horarios y la posibilidad de poder realizar aquellas cosas que hasta hace nada parecían vetadas y con riesgo de ser olvidadas.

Y ante estos nuevos momentos vuelve a la mente del nazareno una pregunta, una interrogante, una reflexión que ya se expuso hace algunas semanas: ¿qué pasará?

Si recordamos, en aquella ocasión lanzaba esta pregunta ante la incertidumbre que nos ocasionaba la poca luz que se divisaba al final de un túnel con una salida aún lejana. Un túnel del que teníamos la esperanza, pero no la certeza, de que tenía un final luminoso. Y dudábamos sobre cómo sería la Semana Santa que encontraríamos al final de esta travesía por el desierto; cuál sería la nueva forma de vivir nuestra Fe en las cofradías; y cómo se organizaría la vida de hermandad.

Lo cierto es que, como bien apuntó hace unos días mi amigo, tantas veces traído a este espacio, Daniel Cuesta, los cofrades estamos viviendo una Cuaresma que dura ya prácticamente un año. La pasada Cuaresma no finalizó con la Semana Santa pues no tuvimos la sensación de haber llegado a una Pascua, a un paso a una nueva esperanza. Y aún seguimos en aquella Cuaresma a la que parece que ya se le ve el final.

Mas esta nueva era que va a suponer el mundo tras la pandemia (y ojalá podamos estar seguros de que esta nueva etapa va a ser realmente postpandemia y no una nueva forma de vivir junto al virus que corresponda en cada momento) va a traer un antes y un después en nuestra forma de entender muchísimos aspectos de la vida. Esta misma mañana, escuchando mi emisora de referencia en la radio, terminaba una entrevista hecha a Luis del Val con la siguiente pregunta: ¿podremos olvidar esta pandemia?

La respuesta me ha hecho pensar en cómo las cofradías van a poder afrontar esta nueva situación. Decía que esta pandemia nos iba a marcar de una forma muy prolongada pues hay mucha gente que piensa que al llegar la pandemia fue un apagar la luz. Y cuando la pandemia pase volveremos a encender la luz y aquí no habrá pasado nada, todo estará como antes. Pero nada estará igual. Todos estaremos como convalecientes de todo esto. Muchas cosas van a cambiar en todos los aspectos de la vida. Y las Cofradías también se van a ver afectadas por esta convalecencia y esta nueva era pues, ante una nueva situación como ésta, no pueden valer las soluciones dadas hasta ahora para lo de siempre. Lo de siempre ya no existe.

Si recuerdan los dos primeros códigos de mi pasada reflexión (ESTO SIEMPRE SE HA HECHO ASÍ y ESTO NUNCA SE HA HECHO ASÍ), ha llegado el momento de enterrarlos para siempre en las Cofradías.

Ya no valdrá esa respuesta automática y aprendida, y que ha servido en mayor o menor medida hasta la fecha, para mantener la inercia de la maquinaria de una Hermandad; inercia que ha ido dando crédito y margen a las Juntas de Gobierno para vivir de las rentas de épocas anteriores; inercia que no ha requerido conocimiento o creatividad más allá de no salir del guión establecido desde tiempo inmemorial (inmemorial para quien lleva dos días en la hermandad, claro está).

Esta nueva era, estos nuevos tiempos, van a requerir cofrades, gestores, directivos y, por qué no decirlo, sacerdotes que sean capaces de innovar en sus formas de pensar y de hacer. Ya no valen las ideas de siempre porque los tiempos no son los de siempre. Hoy mismo lo comentaba delante de un café y su correspondiente tostada con jamón. ¿Nos hemos planteado cuántas cosas que hasta la fecha se hacían así ya no podremos volver a vivirlas?

Hemos asumido la nueva figura de la Veneración a los Titulares (como si esto fuese algo novedoso o que no se hiciera a diario en cualquier templo), pero ¿hemos asumido que se acabaron los Besapiés y Besamanos?.

También vemos normal al sacerdote con su bote de gel hidroalcohólico en el altar desinfectando sus manos (versión actual del lavatorio de manos de Pilatos ante la sentencia que condenaría a un injusto). Pero ¿tenemos interiorizado que será muy difícil recibir la Comunión o la Ceniza como hasta ahora lo hemos hecho, sin contacto alguno?

Ante soluciones peregrinas o soltadas a vuelapluma para las cuadrillas de costaleros, que todas van alrededor de llevar cada uno bajo el brazo el costal, la faja y la PCR negativa o el carnet de vacunación, ¿nos sentiremos seguros en una plaza viendo salir en medio del tumulto a la Cofradía de turno?

Y en cuanto a los ingresos de las Hermandades, ¿cuántos años aguantarán algunas sin los ingresos de Cruces de Mayo, casetas de feria, detrimento en el número de hermanos y sus correspondientes cuotas, perjuicio en las economías familiares con la consecuente disminución del donativo?

Y por último, ante este estado psicológico de pesadumbre y apatía que nos envuelve, de dejadez y de sentido de desconexión con todo, ¿cómo piensan los responsables de las Hermandades mantener viva la llama, ya no de la Fe, que en parte no les corresponde, sino del sentido de pertenencia a la Cofradía y de la participación?

¿Se piensa dar solución a todas estas nuevas situaciones con las soluciones de siempre? ¿Vamos a seguir dando respuestas efectistas pero vacías? ¿Vamos a saber hacer algo más allá que montar pasos que no van a salir a la calle, restaurar o aumentar patrimonio que no saldrán por ahora de las vitrinas, y encargar carteles que conmemoran ocasiones fallidas? O se va a requerir por fin de unos responsables en las Hermandades con valía, con humanidad, con Fe, con capacidad demostrada, y no sólo en el mundo cofrade sino también en sus vidas familiares, profesionales y sociales.

Por ello decía al principio que a las Hermandades se tiene que venir enseñado. Y no a hacer experimentos y a aprender a costa de los hermanos y de las hermandades, a costa de su Historia, de su economía, de su imagen. Venir a ponerte al servicio de los hermanos con unas ganas, con unas capacidades, con unos conocimientos que no se adquieren en dos años de hermano, en muchas noches de tabernas o tertulias de similares, ni lamiendo traserillos de quienes te han colocado en el puesto que desempeñas en la Junta de Gobierno correspondiente.

Y no mencionemos siquiera que se tiene que venir con todas las aspiraciones personales cumplidas. No se viene a las hermandades a valerse ni a crecer, sino a dar todo lo que has podido ser y crecer antes de llegar. Pero para eso hay que tener dos cosas: una, la suerte de tener buenos maestros, como ocurre en muchas familias cofrades que pasan sus conocimientos y su entrega generación tras generación; y dos, las ganas de querer aprender siempre, de tener sed de experiencias y de conocimiento, y no creerte catedrático de esto nunca.

Por ello, y antes de que llegue nuevamente el Diputado Mayor dando golpes de Palermo al notar que estoy pensando, quiero terminar con una frase que debemos tener muy en cuenta en esta nuestra Semana Santa: cualquiera puede llegar a ser Hermano Mayor… pero no puede llegar a ser Hermano Mayor cualquiera. Y si no, atengámonos a las consecuencias.

Vámonos siempre de frente… pero a una nueva forma de entender todo esto.

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