Estaba entrando en Campana la cruz de guía de una hermandad que se aproximaba bajo un calor sofocante. Al palio le quedaba todavía recorrido, y reviraba una de las calles del centro cuando asomaban los acólitos.
― Mira, a ese me lo tiré yo. ― exclamó un chico ante sus amigos ―.
El cortejo continuó avanzando mientras que este muchacho comentó con todo lujo de detalles su aventura con un joven que portaba uno de los ciriales. En el corrillo, que intentaba protegerse del asfixiante calor, otro comenzó a contar una aventura que, a tenor de las caras, debió resultar de lo más sorprendente. Y uno tiene que hacer la vista gorda ante una situación que se repite más de lo que se cree, y no me refiero al uso de aplicaciones móviles buscando maromos ― digo maromos porque todavía no he visto a nadie buscando maromas, aunque aquí alguno se imagine una cuerdas de esparto― sino a las conversaciones que, sin ningún tipo de pudor, y en ocasiones en demasía, preñan las calles por donde pasan los cortejos, dejando constancia de las preferencias sexuales de cada quien.
No hace falta asistir a una clase en Viapol sobre la diferencia entre lo privado y lo público, ni tampoco tomar el C2 en dirección Cartuja para asistir a una de las clases de Derecho del periodismo. Porque, básicamente, si uno pretende salir de acólito en su cofradía, ha de saber que ahí pasa a ser un miembro que representa a su hermandad. Y antes de querer postularse para un puesto, sea cual sea, y el ámbito en el que se encuentre, sería mejor pensar si puede ofrecer una imagen que difiera de lo que comentaban aquel grupo de chavales― repito, chavales, porque todavía no he visto chavalas ―. Vaya por delante que cada cual puede hacer con su vida lo que estime oportuno, pero cuando decide representar a su hermandad, tendría que tener claro hasta dónde puede ejercer llevando un cirial ― no me quiero ni imaginar postulándose para un cargo superior―.
Entre pierna y pierna, todos tenemos m*erd*. Sí, es un dicho grosero― a la par que ilustrativo―, pero menos que lo que estaban haciendo dos chicos cuando una cofradía entraba a intempestivas horas de la madrugada aquel año que fue recordado, entre otras cosas, por la hermandad de la Vera Cruz acudiendo a la catedral con el Lignum Crucis. Así que el asunto no es nada nuevo. Y más anterior a aquella Semana Santa pasada por agua. A diferencia del acólito, estos no formaban parte del cortejo, aunque la falta de respeto queda igualmente patente.
Y me sorprende, además, que no se haya tratado este asunto en la prensa. Porque quizá sea más fácil escuchar comentarios de infantes rezumando laca cuyos alrededores se llevan las manos a la cabeza que detectar a los del botellón o a los que se dedican a alterar el orden público intentando cargarse una celebración centenaria. Uno ya ni se pregunta a qué va este tipo de gente a ver las cofradías. Y quien quiera respuestas, le invito a acompañarme dentro de unos meses.





