Hace aproximadamente un año escribía sobre un fenómeno que, lejos de desaparecer, parece ir a más: la proliferación de asociaciones civiles que, sin pertenecer a la Iglesia ni formar parte de la vida de las hermandades, deciden organizar procesiones y poner imágenes en la calle.
Entonces utilicé una palabra que a algunos no les gustó, pero que describía bien lo que quería decir: “piratas”.
Y hoy sigo pensando exactamente lo mismo.
No se trata de cuestionar la buena voluntad de quienes participan en estas iniciativas. Estoy seguro de que en muchos casos hay ilusión e incluso devoción. Pero una cosa es la devoción popular y otra muy distinta es reproducir una manifestación religiosa al margen de la Iglesia.
Las procesiones no nacieron como un espectáculo cultural ni como una tradición folclórica. Nacieron en el seno de la Iglesia como una forma de expresar públicamente la fe. Por eso, cuando ese vínculo desaparece, lo que queda es solo la apariencia: pasos, música, costaleros… pero sin el sentido que lo sostiene.
Podrá parecer lo mismo, pero no lo es.
Una procesión es, ante todo, un acto de culto público. Y el culto pertenece a la vida de la Iglesia. Cuando se copia la forma sin el fondo, cuando se imitan estructuras y símbolos sin comunidad cristiana detrás, lo que se crea es una especie de Semana Santa paralela que vive de la estética pero pierde la esencia.
Quizá el problema sea que hemos empezado a aceptar esta situación como algo normal.
Pero no lo es.
Porque cuando una tradición religiosa se separa de la fe que la originó, termina convirtiéndose en una representación vacía.
Por eso, un año después, sigo haciéndome la misma pregunta:
¿Piratas todavía?





