Hay decisiones que sorprenden, y otras que directamente indignan. No porque falten opciones, sino porque abundan. Sevilla tiene un abanico de formaciones de primer nivel, con trayectorias impecables, con repertorios cuidados y con un reconocimiento unánime ganado a pulso. Y, sin embargo, cuando llega el momento de elegir quién debe representar lo que somos, se opta por lo fácil, por lo ruidoso, por lo que genera división.
Uno piensa en el verdadero escaparate de nuestra música procesional, y lo lógico sería recurrir a nombres que hablan por sí solos: Tres Caídas de Triana, Las Cigarreras, Redención… formaciones que no necesitan polemizar con nadie para llenar, que no buscan titulares sino partituras, que no arrastran sombras sino respeto. Ellas son, sin discusión, la mejor carta de presentación de una tradición que no merece frivolidades ni polémicas estériles.
No basta con sonar fuerte ni con figurar en las redes sociales. Representar a Sevilla y a su música implica responsabilidad, saber estar, historia, prestigio y, sobre todo, un reconocimiento que trasciende la frontera de las devociones particulares. Eso es lo que distingue a quienes son verdaderos referentes de quienes viven de la controversia.
En lugar de apostar por la excelencia, se prefiere lo llamativo. En vez de apostar por lo respetado, se elige lo discutido. Y así, lo que debería ser orgullo colectivo termina siendo motivo de división. Sevilla tiene en sus manos un tesoro que el mundo entero admira. Y ese tesoro se defiende con seriedad, con calidad, con unanimidad. No con atajos. No con polémicas. No con ruido.
La música procesional sevillana, y claro está, la andaluza, es demasiado grande para estar en manos de quienes no saben representarla como merece. Y si en algún momento se nos olvida, conviene mirar hacia esos nombres que, desde hace décadas, demuestran que la verdadera autoridad no se grita: se gana.





