Ha pasado ya un tiempo desde que muchos señalábamos, tras la pasada Semana Santa, que Córdoba tenía importantes lecciones que aprender en materia organizativa. Y, siendo sinceros, la sensación a día de hoy es que seguimos todavía en ese punto intermedio donde todos reconocen los problemas… pero cuesta dar el paso definitivo hacia las soluciones.
Ya lo comenté el año pasado en “Córdoba: lecciones pendientes”: la Semana Santa cordobesa necesita seguir evolucionando no solo en patrimonio, música o estética, sino también en planificación y coordinación. Porque el crecimiento de nuestras hermandades y de la propia ciudad exige una organización cada vez más cuidada y adaptada a la realidad actual.
Córdoba ha crecido muchísimo en los últimos años. Basta ver el nivel artístico de los pasos, el auge de muchas corporaciones o la enorme respuesta de público que llena las calles cada primavera. Pero precisamente ese crecimiento obliga también a replantear ciertas dinámicas que quizás hace años funcionaban mejor en una Semana Santa más pequeña y menos compleja.
No se trata de buscar culpables ni de dramatizar situaciones que, afortunadamente, en la mayoría de ocasiones terminan resolviéndose. Pero sí convendría asumir que algunos debates no pueden quedarse eternamente encima de la mesa. La coordinación de horarios, la toma de decisiones ante imprevistos o la necesidad de protocolos más claros siguen apareciendo cada año en las conversaciones cofrades.
Y quizá ahí esté la verdadera asignatura pendiente de Córdoba: anticiparse. A veces da la sensación de que seguimos funcionando más desde la reacción que desde la prevención. Como si confiáramos demasiado en que la experiencia y la buena voluntad acabarán solucionándolo todo sobre la marcha. Y aunque muchas veces ocurre, una Semana Santa del nivel y la dimensión que tiene hoy Córdoba merece estructuras más sólidas.
Además, no hay que olvidar que detrás de cada jornada hay muchísimo trabajo. Diputaciones mayores de gobierno, fiscales, bandas, cuerpos de acólitos, voluntarios, servicios públicos… coordinar todo eso no es sencillo. Precisamente por eso, quizá ahora más que nunca, hace falta una visión más conjunta y menos individualista de la Semana Santa.
Porque Córdoba tiene potencial de sobra. Lo demuestra cada año en la calle. Tiene patrimonio, personalidad, música y una forma propia de entender la Semana Santa que la hacen única. Pero para seguir creciendo también necesita dar pasos firmes en organización y planificación.
No hace falta revolucionarlo todo ni convertir la Semana Santa en algo rígido y frío. Simplemente asumir que hay cuestiones que ya no pueden depender únicamente de la improvisación o de que “todo salga bien”.
Las lecciones siguen ahí. Y seguramente el primer paso para solucionarlas sea precisamente ese: no dejar de recordarlas.





