A paso mudá | Cuando los que mandan dejan de escuchar

Hay entrevistas que no buscan el titular fácil ni la lágrima oportunista. Hay entrevistas que son, sencillamente, un aviso. La de Raúl Torres, hermano mayor de la Hermandad de la Piedad de Palmeras, es una de ellas. Y conviene leerla sin prejuicios, porque lo que se plantea no es un problema de capricho ni de victimismo, sino de supervivencia.

Después de escribir sobre ese “feo” que la Semana Santa cordobesa parece empeñada en repetirse cada año, la conversación con Palmeras llega como una confirmación incómoda: el problema no es puntual, ni anecdótico, ni exclusivo de una hermandad concreta. El problema es estructural. Y cuando una estructura falla siempre pagan los mismos.

La hermandad no pide privilegios. No pide alterar el orden natural de la Semana Santa ni dinamitar la Carrera Oficial. Pide algo tan básico como no ser tratada como una molestia. Pide poder hacer estación de penitencia sin que el regreso se convierta en un castigo, sin que los horarios rocen lo inhumano, sin que la solución permanente sea “aguantar un año más”.

Porque eso es, en el fondo, lo que se le ha dicho a Palmeras durante demasiado tiempo: aguantad. Aguantad los sobrecostes. Aguantad el desgaste humano. Aguantad que cada año sea más difícil explicarle a los hermanos por qué vuelven cuando la ciudad duerme. Aguantad, como si aguantar fuese una virtud cristiana infinita y no un camino directo a la desaparición.

Y aquí conviene decirlo claro: cuando una hermandad advierte de que puede desaparecer, no está chantajeando a nadie. Está describiendo una realidad. Las cofradías no mueren de un día para otro; se vacían poco a poco, por cansancio, por desafección, por la sensación de que hagas lo que hagas siempre serás el último de la fila.

Resulta llamativo que en una Semana Santa que presume de ser plural, abierta y socialmente comprometida, cueste tanto entender a una corporación nacida en un barrio con una realidad concreta, con dificultades concretas y con un esfuerzo que no siempre se ve desde el centro. Se habla mucho de periferias, pero se escucha poco a quienes viven en ellas.

La respuesta institucional —o la falta de ella— es quizá lo más preocupante. Silencios, reuniones estériles, promesas vagas. Todo muy correcto, todo muy educado, pero profundamente ineficaz. Y mientras tanto, el problema sigue ahí, creciendo, enquistándose, como si el tiempo fuese a arreglarlo solo.

Dar la razón al hermano mayor no es un acto de rebeldía ni de romanticismo cofrade. Es una cuestión de justicia y de sentido común. Si la Semana Santa no es capaz de cuidarse desde dentro, si no protege a quienes más dificultades tienen para mantenerse, entonces habrá perdido algo más importante que una hermandad: habrá perdido credibilidad.

Quizá ha llegado el momento de dejar de hablar tanto de tradición y empezar a hablar en serio de responsabilidad. Porque una Semana Santa que no sabe escuchar a los suyos está condenada a repetirse… hasta que un día, cuando quiera reaccionar, ya sea demasiado tarde