A paso mudá | La moda de los comunicados

La primavera no se explica: se reconoce. En la luz que se alarga, en el olor que vuelve, en ese cosquilleo que anuncia que algo importante está cerca. Y en el mundo cofrade, además, trae consigo una costumbre cada vez más extendida: la de convertir cualquier movimiento en comunicado oficial.

Es curioso. Mientras las calles se preparan para lo esencial —el paso, la cera, el silencio o la música según cada casa—, en paralelo se activa otra procesión, mucho menos visible pero igual de constante: la de los textos. Comunicados para anunciar, para desmentir, para puntualizar, para responder… o, simplemente, para dejar constancia de que se está ahí.

Y uno no puede evitar preguntarse si de verdad todo lo que ocurre necesita ese sello de oficialidad. Porque la Semana Santa, la de verdad, la que permanece, no se escribe: se vive. No necesita membretes ni párrafos medidos al milímetro. Se sostiene en miradas, en gestos, en tradiciones que han pasado de mano en mano sin necesidad de ser explicadas.

El problema no es comunicar, que siempre es sano. El problema es la necesidad constante de hacerlo todo público, inmediato y definitivo. Ese impulso de adelantarse a cualquier interpretación, de cerrar el relato antes incluso de que empiece. Como si el silencio fuese un vacío que hay que llenar a toda costa.

Pero el silencio —bien entendido— también construye. También transmite. También protege. Y en una Semana Santa que a veces corre el riesgo de volverse excesivamente explicada, excesivamente justificada, quizá convendría recuperar cierta naturalidad. Dejar que las cosas ocurran sin necesidad de convertirlas automáticamente en documento.

Porque cuando todo se comunica, nada sorprende. Cuando todo se explica, se pierde parte del misterio. Y la Semana Santa, en el fondo, sigue siendo eso: misterio.

Tal vez la primavera no nos esté pidiendo más palabras, sino todo lo contrario.