Este fin de semana, tres grandes devociones españolas —El Cachorro de Sevilla, La Esperanza de Málaga y El Nazareno de León— procesionaron por las calles de Roma. Fue un momento histórico, cargado de fe y emoción. Sin embargo, la ausencia del papa León XIV no pasó desapercibida.
Muchos fieles esperaban su presencia, aunque fuera simbólica. No se trataba de protocolo ni de política, sino de un gesto de cercanía con la religiosidad popular. La Iglesia siempre ha hablado de estar cerca del pueblo, de acompañar las expresiones sinceras de fe. Esta era una oportunidad única para demostrarlo.
Es cierto que el Papa acaba de ser elegido, que todo es reciente, que puede haber motivos que no conocemos. Pero también es cierto que el silencio y la ausencia se notaron. No como una falta de respeto, pero sí como una ocasión perdida.
Quienes vivimos la fe desde abajo, desde las cofradías, no pedimos discursos. Solo gestos. Y esta vez, no llegaron.
Esperamos que no sea una señal de distancia, sino simplemente un comienzo de un pontificado que aún tiene mucho por decir y por demostrar. Porque la Iglesia necesita pastores que escuchen, que miren al pueblo, y que salgan a recibirlo cuando llama a la puerta de Roma.





