Ya prácticamente inmersos en una nueva Semana Santa, donde podemos vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, todas las hermandades ultiman sus detalles para realizar sus respectivas Estaciones de Penitencia, las bandas ya han terminado sus ensayos y todo el mundo está poniendo a punto sus hábitos de nazareno, la ropa del costalero y el traje del músico. Cientos de visitas que acoge la casa de Dios en estas fechas más que en el resto del año, cuando cada ciudad, cada pueblo, se embellecen aún más con la colorida primavera, el olor a azahar complementado con el del incienso.
Algunos han tenido la suerte de vivir una nueva Cuaresma de forma intensa, disfrutando cada momento; mientras tanto, otros como yo, en la distancia, la hemos tenido que vivir «digitalmente», y como se suele decir en tono irónico, «poniéndonos los dientes largos» por no estar allí. Y es que en la distancia, todo se valora más, muchísimo más, pero por el contrario, llega a un punto tal costumbre de no vivirla intensamente, en la que todo puede llegar a enfriarse.
Ya son dos años en los cuales no vivo la Cuaresma como siempre lo he hecho, pero la ilusión de volver a casa por una nueva Semana Santa sigue intacta. Una semana donde podré apreciar el olor del azahar, del incienso, de la cera fundida. Una semana donde tendré de nuevo la incertidumbre por la meteorología, por si salimos o no salimos. Una nueva semana donde rezaremos por los que están, en memoria de los que se fueron y por los que vendrán.
Si la Cuaresma es una época de contrastes, la Semana Santa no iba a ser menos. Nervios, ilusión y mucha pasión.





