A paso mudá | Las palabras se las lleva el viento

Hay declaraciones que terminan convirtiéndose en una auténtica trampa para quien las pronuncia. Hace no tanto, uno de los principales referentes de una formación presumía públicamente de que no necesitaban incorporar marchas de otras bandas. Tenían suficiente con lo propio. Era, al parecer, una cuestión de identidad y autosuficiencia.

Sin embargo, el tiempo ha terminado poniendo aquellas palabras en evidencia. Ahora parece que incorporar composiciones de otras formaciones ya no supone ningún problema. ¿Qué ha cambiado? ¿O es que aquella seguridad de entonces no era más que parte de un discurso?

Que una banda interprete marchas de otras formaciones es perfectamente legítimo. El problema no está ahí, sino en defender públicamente que no se necesita lo ajeno y acabar haciendo precisamente lo contrario.

Y es que cada vez parece más evidente esa necesidad de quererlo todo: lo propio, lo de los demás y cualquier cosa que pueda generar repercusión. Una voracidad que termina dejando en segundo plano la identidad y la coherencia.

Quizá a eso podamos llamarlo terrorismo musical: no por tocar marchas ajenas, sino por esa ambición de acapararlo todo sin importar demasiado lo que se defendió ayer.

Porque las palabras pueden construir una imagen, pero las decisiones terminan retratándola. Y cuando uno asegura que no necesita nada de nadie para después querer incorporarlo todo, la hemeroteca acaba teniendo la última palabra.