Hay una realidad que se repite en todos los ámbitos de la vida. Ocurre en las empresas, en las asociaciones, en los clubes deportivos y, por supuesto, también en las hermandades. Mientras unos aparecen en la fotografía, otros sostienen el marco.
Toda corporación cuenta con un grupo de personas que rara vez buscan reconocimiento. Son quienes llegan antes y se marchan después. Quienes preparan una actividad, montan una exposición, organizan una convivencia o resuelven un problema sin necesidad de hacerlo público. Su trabajo suele pasar desapercibido porque entienden el servicio como una responsabilidad y no como una oportunidad para el lucimiento personal.
Frente a ellos, también existen quienes parecen más preocupados por ser vistos que por servir. Personas que encuentran tiempo para opinar sobre todo, para figurar en cualquier escenario y para atribuirse éxitos colectivos, pero que desaparecen cuando llega el momento de cargar peso, asumir responsabilidades o realizar las tareas menos agradecidas.
No es un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo ni de nuestras hermandades. Forma parte de la condición humana. Sin embargo, resulta especialmente llamativo cuando sucede en instituciones que tienen como fundamento valores como la humildad, la fraternidad y el servicio a los demás.
Lo verdaderamente admirable no son los cargos, ni los reconocimientos, ni las fotografías. Lo admirable es la constancia silenciosa de quienes trabajan sin esperar aplausos. De quienes entienden que una hermandad se construye durante todo el año, muchas veces lejos de los focos y de las redes sociales.
Al final, las corporaciones no avanzan gracias a quienes más ruido hacen, sino gracias a quienes más compromiso demuestran. Y si algo enseña el paso del tiempo, es que los nombres de quienes buscan protagonismo suelen ser pasajeros, mientras que la huella de los que sirven de verdad permanece.
Porque las hermandades, como la vida misma, siguen adelante gracias a los de siempre.





