A paso mudá | Paso del tiempo, paso del cambio: 2026

Se marcha un año más. Y con él, mil conversaciones repetidas sobre lo que queremos mejorar, sobre los pasos que aún nos quedan por dar y sobre aquello que, aunque duela reconocerlo, necesita un buen empujón para avanzar. También en nuestra Semana Santa. Porque este universo de fe, tradición y arte se merece un 2026 de renovación, de valentía y, sobre todo, de sentido común.

El primero de nuestros propósitos debería ser reconciliar la Semana Santa con sus ciudades. En algunos lugares, como ocurre en Córdoba, la Carrera Oficial —ese eje vertebrador y, al mismo tiempo, nudo que asfixia a quienes desean vivir nuestra Semana Mayor— pide a gritos una reflexión. Queremos una Semana Santa accesible, caminable, abierta a todos. Una ciudad que no se convierta en un tablero de pasos bloqueados y fieles atrapados, sino en un escenario donde la emoción pueda fluir sin necesidad de sortear murallas de vallas y tapones humanos. Que 2026 sea el año de pensar más en los que observan y sienten, y menos en la rigidez de un trazado que no termina de funcionar.

Otro propósito: que la pasión no se convierta en espectáculo barato. Que la comunicación cofrade —sea en redes, tertulias o televisión— vuelva al respeto, a la pluralidad y a la cultura musical que nos define. Todos sabemos que hay espacios mediáticos que se pierden en favoritismos y juicios poco constructivos, olvidando que las bandas, lejos de rivalidades estériles, son patrimonio humano y artístico de nuestra Semana Santa. Basta ya de alimentar guerras que a nadie benefician y que solo ensombrecen un trabajo que se defiende con esfuerzo, ensayo tras ensayo.

Será también tiempo de mirar hacia nuestras hermandades. De exigir democracia interna real, transparencia y participación. Porque una corporación no puede funcionar como un pequeño chiringuito de amigos donde las sillas se reparten según afectos y no por servicio a la Iglesia y a la sociedad. Las hermandades son —o deben ser— comunidades vivas, abiertas a la renovación y al criterio. Allí donde se cierran puertas, se apagan los cirios antes de tiempo.

Y ya que hablamos de reconocimiento, que por fin el costalero y el músico dejen de ser los grandes olvidados del discurso oficial. Ellos son quienes sostienen —literalmente— el peso de nuestra tradición. Quienes cargan con el arte, con la fe, con la memoria popular. Quienes ponen piel, sudor y pulmones para que los pasos avancen. Su dignidad merece más que aplausos: merece reflexión, cuidado, condiciones adecuadas y respeto hacia su labor.

2026 está por escribirse. Quizá algunos de estos propósitos tarden más que un año en hacerse realidad… pero el mejor relevo siempre empieza por un leve balanceo del paso. El primer movimiento que anuncia que, aunque quede mucho tramo por delante, ya se está avanzando.

Que el nuevo año nos encuentre caminando juntos: más libres, más respetuosos, más conscientes de que nuestra Semana Santa es de todos. Y que así, poco a poco, sigamos siendo luz en la noche de primavera.