A paso mudá | ¿Romería o fiesta?

Cada primavera, la marisma de Doñana se convierte en un hervidero de fe, tradición y convivencia. Hablamos, por supuesto, de la romería del Rocío. Sin embargo, en los últimos años, esta cita ha generado un debate interesante: ¿seguimos hablando de una costumbre profundamente religiosa y cultural, o el Rocío ha derivado en una gran fiesta popular?

Es innegable que la devoción a la Virgen del Rocío es el motor originario de esta peregrinación. Familias enteras se preparan durante meses, hermandades de todos los rincones de Andalucía y más allá organizan su camino y las calles de la aldea se llenan de rezos y cantos marianos. El salto de la reja y la procesión de la Blanca Paloma siguen siendo el corazón de esta manifestación de fe.

Sin embargo, no podemos cerrar los ojos ante una realidad creciente: el componente festivo del Rocío ha adquirido una dimensión enorme. Para muchas personas, especialmente jóvenes, la romería es más sinónimo de convivencia, diversión, cantes y largas noches de juerga que de recogimiento o fervor religioso. Las redes sociales nos muestran imágenes de carretas engalanadas, botellas de rebujito y bailes por sevillanas que, aunque forman parte del colorido de la romería, a veces parecen eclipsar su dimensión espiritual.

¿Es esto necesariamente malo? No lo creo. Las fiestas populares siempre han tenido un componente de celebración colectiva, y el Rocío no es la excepción. El problema surge cuando la fiesta desvirtúa el sentido original de la costumbre. Cuando el respeto y la devoción quedan en segundo plano frente al espectáculo, corremos el riesgo de vaciar de contenido una de las expresiones más genuinas del alma andaluza.

Quizás la clave esté en el equilibrio. El Rocío puede y debe seguir siendo un espacio de convivencia, alegría y encuentro, pero sin perder de vista que nace de una tradición de fe y de comunidad. Respetar los símbolos, los tiempos y los espacios sagrados es fundamental para que esta costumbre no se diluya en una simple excusa para el desenfreno.

Por tanto, cuando me preguntan si el Rocío es costumbre o fiesta, respondo: es ambas cosas. Pero debemos cuidar que la balanza no se incline demasiado hacia el lado del festejo vacío. Porque el verdadero Rocío es un camino, físico y espiritual, que merece ser recorrido con alegría, sí, pero también con respeto y sentido.