A paso mudá | Vuelta a lo mismo: atacar al catolicismo

El carnaval, esa fiesta de la sátira y la transgresión, se ha convertido en un escenario donde ciertas provocaciones siempre encuentran su espacio asegurado. Un año más, asistimos a la ya tradicional burla hacia el catolicismo y sus expresiones populares, como las procesiones. Lo que en otros contextos se consideraría una falta de respeto intolerable, cuando se trata de la fe católica parece gozar de total impunidad.

Las imágenes de disfraces y representaciones parodiando figuras sagradas han vuelto a repetirse, con un claro tono de mofa que busca la provocación y el aplauso fácil. Se trata de una tendencia que lleva años repitiéndose y que encuentra en el carnaval el caldo de cultivo perfecto para disfrazarse de “libertad de expresión”. Sin embargo, esta libertad parece operar con doble vara de medir.

¿Se atreverían a hacer lo mismo con otras religiones? ¿Veríamos a grupos de carnaval ridiculizando símbolos islámicos o judíos? Todos conocemos la respuesta: no solo no ocurriría, sino que cualquier intento de hacerlo provocaría una oleada de indignación, denuncias y consecuencias inmediatas. Pero cuando se trata del cristianismo, el ataque no solo es permitido, sino que incluso se celebra en algunos sectores.

No se trata de censurar el carnaval ni de limitar la sátira, sino de señalar la hipocresía evidente de una sociedad que se autoproclama defensora del respeto y la inclusión, pero que no duda en convertir la fe de millones de personas en el chiste recurrente de cada año. La religión no debería ser un blanco fácil para el escarnio público, y la fe católica merece el mismo respeto que cualquier otra creencia o identidad protegida en nuestro tiempo.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos hasta qué punto este tipo de “crítica” es realmente una muestra de libertad o simplemente una costumbre socialmente aceptada que perpetúa la discriminación contra una comunidad que, paradójicamente, siempre está dispuesta a perdonar.