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Opinión, Racheando

A tu encuentro, Rocío

Quien me iba a decir por estas fechas, justo hace dos años, que la devoción que mueve la Virgen del Rocío me iba a dar conocer a quien es hoy es mi vida entera. Así lo quiso Ella y, sinceramente, nunca sabré agradecerle hacerme tan feliz.

Antes, cada madrugada de domingo de Pentecostés me unía a mi padre en la cuenta atrás de hermandades del rosario para que la Blanca Paloma derramara por las arenas de la marisma el amor para sus hijos. Por desgracia, a mi lado hace unos años que no está mi padre para celebrar ese ritual, pero él goza allá en el Cielo de su particular ventaja de ver a la bendita madre de las Rocinas cada vez que quiera.

Mañana me dispongo a montar en mi propia carriola, que aunque no esté engalanada por fuera, me servirá para llevarme a la Romería que me juré vivir hace dos meses por la Candelaria, cuando casi con lágrimas en los ojos me despedía de Ella en su ermita, aún sabiendo que no tardaría mucho en volverla a ver.

No se como, quizá fuera San Juan Pablo II llamándonos a ser rocieros, pero me llamó a saber que es ser romero y vivir por fin lo que Almonte vive las semanas previas a esa noche de Domingo que es única en el mundo, donde el polvo del camino se vuelve oro en el rostro de la Madre de Dios.

Mañana inicio mi camino, el próximo miércoles lo haré con Almonte, un camino que me llevará a sentir la religiosidad popular. Sean felices, romeros, en sus caminos, pero más cuando lleguen ante Ella, y no oculten las lágrimas de emoción y de promesa.

¡Buen camino!

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