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El Cirineo, Opinión

Alerta anticomunista… alerta anticapillita

A nadie escapa que la sociedad que nos rodea es una entidad con vida propia, cambiante, que va modificándose con el devenir de los tiempos. Hay quien defiende que el curso de la historia experimenta comportamientos cíclicos que, con matices, provoca que lo que hoy sucede haya ocurrido con anterioridad de manera más o menos parecida. Por eso cuando analizamos la realidad que vivimos no detectamos nada nuevo bajo el sol. Una sociedad en crisis, una masa importante de corrupción alrededor o dentro de la clase política y unos cuantos charlatanes iluminados que pretenden salvarnos de la misma casta a la que ellos pertenecen. Lo mismo que sucedió en nuestro país en los años treinta y que terminó como terminó, con una Guerra Civil… o en la Italia pre Mussolini, o en la Alemania pre Hitler, cuyos desenlaces son también sobradamente conocidos.

Cuando los seres humanos venimos al mundo lo hacemos básicamente para tomar decisiones, incluso cuando decidimos abstenernos en algo, estamos optando por un camino concreto, el de no mojarnos como si la película no fuese con nosotros y mirar para otro lado. Cada cual ha de estudiar las opciones que se le plantean y evaluar en base a qué motivaciones tomar una decisión. Los cristianos, cofrades o no, tenemos que implicarnos igualmente. Se avecinan tiempos inestables, muy diferentes a los que en las últimas décadas hemos vivido.

El último momento crítico al que nuestra sociedad se tuvo que enfrentar ocurrió en la segunda mitad de la década de los setenta y entonces, el advenimiento de la democracia, parecía que supondría el fin del apoyo social a nuestras hermandades y el ocaso de la Semana Santa como concepto, porque la libertad, provocaría que el pueblo soberano diera la espalda a todo aquello a lo que se habían visto obligados en la etapa de la dictadura, a todo lo que sonase a catolicismo, aunque fuese muy por encima, como en las hermandades.

Por todos es sabido que sucedió exactamente lo contrario. El boom cofrade que siguió a aquellos años de incertidumbre y de grandeza política, que nadie lo olvide especialmente en estos tiempos, fue sencillamente espectacular, por muchas razones, entre otras porque no se han de subestimar conceptos tales como la fe, la tradición o ese sentimiento de llevar la contraria que mucho tenemos especialmente desarrollado. Y porque, aunque algunas veces lo parezca, el pueblo no es imbécil, al menos no la totalidad del pueblo. También por causas económicas que en otro momento podríamos analizar, la salida de última gran crisis económica (la del petróleo del 73, la inmediatamente anterior a la sufrida en los últimos años) y el crecimiento espectacular que sobrevino al terminar, también alcanzó a las cofradías, lo que derivó en una enorme inversión patrimonial, mayor atractivo social y el boom referido.

Ahora nos enfrentamos a una situación similar. Una fuerza que incluye un movimiento claramente anticlerical y laicista (no confundir con laico ni con laika), una corriente que potencialmente supone un riesgo para el status quo de nuestras cofradías se presenta como posibilidad real de gobierno por obra y gracia del infame Pedro Sánchez y los que formamos parte de este universo cofrade tenemos la obligación de defender aquello de lo que formamos parte.

No digo que todo lo que Podemos representa suponga necesariamente una amenaza para las cofradías, pero sí muchos de sus miembros y de las organizaciones presuntamente sociales en las que se apoya y de las que se nutre. Sólo hay que echar un vistazo a las lindezas contra la iglesia y las hermandades que algunos de estos personajes escriben en sus panfletos, físicos o virtuales. Repito, contra la iglesia, que no nos vendan la burra. Cuando insultan a la iglesia no predican contra una minoría en forma de jerarquía eclesiástica, sino contra todos los cristianos, porque todos somos iglesia, en ocasiones riéndose de nuestras creencias y en otras directamente insinuando que son nocivas y habría que erradicarlas.

Desde sus creencias o las mías con nuestra humilde existencia hasta las de personas de la talla de Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer, héroes que desde su militancia como miembros de la iglesia han hecho por la sociedad mucho más de lo que estos «defensores de las clases más desfavorecidas» harán en su puñetera vida. Cuando los que se esconden bajo la figura de Prometeo (en la mitología griega, el Titán amigo de los mortales, venerado por robar el fuego de los dioses) demuestren la misma sensibilidad social que la demostrada todos los días del año por entidades como Cáritas, entonces podrán hablarle a la iglesia de tú a tú, en vez de manipular datos o directamente mentir con su demagógico discurso rancio.

Hasta hace unos años es posible que muchos de ustedes creyesen que mis palabras eran exageradas. Después de los repugnantes sucesos que hemos ido presenciado periódicamente, cada vez con mayor frecuencia, lamentablemente no lo parecen tanto. Asistimos a una peligrosa escalada de violencia protagonizada o alentada por partidos o grupos sociales, algunos de cuyos miembros perfectamente podrían adjetivarse como antidemócratas, totalitarios o fascistas porque pretenden hacer valer unos supuestos derechos a costa de aplastar los de los que no piensan como ellos, perpetrando discursos que han provocado fuegos, en ocasiones literalmente, y potenciando, por acción o por omisión, una animadversión y determinado caldo de cultivo cuyo riesgo es innegable.

En este momento social, cada uno de nosotros tendrá que valorar si es más importante seguir castigando a los presuntos herederos de un gobierno que nos mintió y que no nos defendió como debía, o mirar hacia adelante, sumar todas las voces y poner nuestro granito de arena para protegernos de aquellos que quieren acabar con el concierto para los colegios religiosos, coartando nuestra libertad como padres para decidir la educación de nuestros hijos, impedir la participación de poderes públicos en cualquier evento religioso, instaurar un cuasi aborto libre o directamente acabar con la Semana Santa tal y como la conocemos, como gran parte de los electores que defienden abiertamente esta nueva fe verdadera ha manifestado en voz más o menos alta. Valorar si vamos a ser cómplices con nuestra pasividad o nuestra división de quienes se enriquecen vilmente con nuestros impuestos mientras destruyen todo aquellos que nuestros padres construyeron y defienden a terroristas y a dictadores sanguinarios.

Que nadie se engañe, algunos de estos predicadores o muchos de quienes les apoyan quieren gobernar para unos frente a otros y los cristianos, los cofrades, estamos en el segundo grupo. Ya invocaron hace años el miedo al decir que iba a cambiar de bando, sin pudor alguno, y es nuestra obligación ser fuertes para levantar fuerte la voz, aguantar la tempestad y defendernos. De lo contrario, el silencio nos hará cómplices de lo que ocurra en los próximos meses o años. El momento que nos ha tocado vivir es crítico, porque en esta ocasión no se trata de matices, sino de que gobiernen quienes pretenden implantar una revolución contra millones de españoles, mancillando nuestras creencias y desmoronando nuestra libertad.

Una realidad que podría afectar a nuestras hermandades… ¿Permitirán que siga manteniéndose la presencia militar en nuestros cortejos? ¿Prohibirán nombres de calles dedicadas a imágenes religiosas? ¿Expropiarán edificios como la Mezquita Catedral, como algunos pretenden? Habrá quien me acuse de demagogo, no me cabe la menor duda. Algo así debieron decir muchos vecinos de la Sevilla Roja en 1931 cuando unos pocos alertaban de lo que se avecinaba. Sólo hay que tener un poquito de memoria histórica, que no histérica, para comprobar el grado de demagogia de aquellas advertencias.

Ha llegado el momento de apretar los dientes y prepararse para cualquier cosa. El despreciable Zapatero, origen de todo esto, logró resucitar y enfrentar a las dos Españas que ya se habían reconciliado y los impresentables Sánchez e Iglesias están a punto de rematar el sueño de quienes se han empeñado en ganar en el siglo XXI una guerra que otros perdieron en el XX. Empecemos todos a hablar claro. Nuestras cosas están en juego, tengámoslo presente y defendamos nuestra libertad, esa que algunos nos quieren negar.

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