Hace escasos días, espadañas y campanarios anunciaban con sus repiques la solemnidad de la Asunción de María a los cielos, celebrándose de esta manera en multitud de municipios cultos en honor a María en sus múltiples advocaciones.
Sin lugar a dudas, en nuestra nación, de norte a sur encontramos en el día de la Virgen decenas de localidades que rinden culto a María, piropeándola y queriéndola a más no poder ¿Y cuál es el olor del día de la Virgen? El de los nardos, sin duda alguna.
Y claro que el día de la Virgen cuando entré por la mañana al templo olí a nardos, claro que cuando recé ante sus plantas en el camarín me embriagó ese aroma a nardos, ese aroma a Nuestra Madre del cielo, ese aroma a fiesta grande que perfuma a la mejor de las nacidas.
Y aunque es cierto, que Nuestra Madre en estos días estuvo más reina que nunca, aunque es cierto que no dejamos de ir a verla, de darle gracias, de realizar con solemnidad sus cultos, de quererla como el primer día, a pesar de todo eso, nuestro corazón se embriagó por la añoranza.
El recuerdo está unido al corazón y cuando llegó la noche, nuestra memoria retrocedió a otras noches del día de la Virgen, nuestra memoria nos llevó a esas calles llenas de fieles aguardando el paso de la Virgen entre el fuerte olor a nardos y eso amigos, es lo que quiere este corazón cofrade, revivir de nuevo esas sensaciones en la calle.
El pasado día de la Virgen, mi corazón estuvo en júbilo por vivir el día junto a Ella, pero mis ojos lloraron ante tantos felices recuerdos, que ojala, más pronto que tarde, volvamos a vivirlos.





