Antecedentes de la devoción a la Virgen del Rosario

El año de 1993 se traducía en un momento histórico y celebrado a partes iguales tanto por la Hermandad de la Expiración como por la comunidad cofrade cordobesa, pues la antiquísima devoción a la Virgen del Rosario quedaba sellada con la celebración de la Coronación Canónica con la que la primera dolorosa de Luis Álvarez Duarte para la ciudad califal se convertía en protagonista absoluta y heredera del fervor que, a lo largo de siglos, había arropado a la gloriosa imagen homónima que desde tiempos pretéritos se conversaba en una de las capillas de la céntrica Iglesia de San Pablo.

Dicha capilla se ubica en la nave del Evangelio, fundada en 1409 por Leonor López de Córdoba en recuerdo de su padre a pesar de que su denominación actual como Capilla de la Virgen del Rosario se impuso cuando, en el siglo XVIII, los dominicos decidieron restaurarla, empleando para ello mármoles barrocos en combinación con el gótico original, dedicándola finalmente a Nuestra Señora del Rosario, cuya bella imagen la preside desde una privilegiada y aunque en cierto modo discreta posición.

La mencionada advocación estuvo siempre muy presente entre los muros de la Real Iglesia de San Pablo con un carácter multisecular y se vio fuertemente reimpulsada con la fundación de la Hermandad de la Expiración, que no dudó en retomar la devoción a la Virgen del Rosario para perpetuarla con éxito hasta el presente.

La creación del Santo Rosario fue siempre atribuida a Santo Domingo, hecho que explica que haya sido la Orden Dominica la responsable de mantener vivo el fervor y la advocación que hoy nos ocupa y que nos obliga a remontarnos hasta el siglo XIII.

De acuerdo con la tradición, Santo Domingo debió encontrarse en la ciudad de Albi en torno al año 1210. Allí, la Santísima Virgen se le apareció ofreciéndole un rosario que el santo llamó “corona de rosas de Nuestra Señora” y que tenía como fin ser el medio necesario para imponerse a la herejía albigense.

La transformación del rosario ha sido un proceso paulatino a lo largo de muchos siglos y en realidad son muchos los que afirman que sus orígenes tuvieron lugar con anterioridad a los acontecimientos protagonizados por Santo Domingo. Tanto es así que se tiene conocimiento de que allá por el siglo XII los fieles rezaban una numerosa serie de Ave Marías de forma continuada en prueba de la fe hacia Nuestra Señora. Desde entonces debieron transcurrir exactamente 400 años, ya que no fue hasta el siglo XVI cuando el rezo del rosario comienza a tomar la forma que ha llegado hasta nuestros días.

Así y todo y de conformidad con lo expuesto en anteriores publicaciones, el rosario se consolidó absoluta y definitivamente gracias a la fundación de las célebres cofradías rosarianas, sabiéndose que la creación de la primera de ellas se debió a la mano de Alanus de Rupe en 1470 en la ciudad de Douai, pasando a ser aprobada por Sixto IV ocho años más tarde. Así, sucesivamente, todas las siguientes fueron puestas por Julio II y Pío V en manos de la autoridad general de los dominicos.

A partir de aquel entonces, el rezo del rosario se convirtió en una de las prácticas más extendidas y alabadas por los sumos pontífices, defendidas por los santos y aceptadas por la feligresía. En consecuencia y gracias a la intervención de Pío V, aparecería la festividad del Rosario en el año 1572, fijándose su celebración en el día 7 de octubre aunque bajo el título de Santa María de la Victoria, puesto que el antedicho papa establecía una relación directa entre la costumbre del rosario y los logros militares de los cristianos en Lepanto.

Tan solo un año después, Gregorio XIII decide cambiar su denominación por la de festividad de Nuestra Señora del Rosario, pasándola asimismo al primer sábado de octubre. Con el transcurso del tiempo, la fiesta se extiende por toda la Iglesia en 1716, en gran medida por la enorme influencia de Clemente XI. Así y todo, el apoyo definitivo se encontró en León XIII, quien pasó a la historia con el significativo nombre de “el Papa del Santísimo Rosario”, título más que merecido si tenemos en consideración las 11 encíclicas escritas por él, amén de otros documentos pontificios, como Letanías Lauretanas, en los que incluyó la advocación de “Regina Sacratissimi Rosarii” además de oficiar famosas misas en la festividad del Rosario.

Por si lo descrito anteriormente fuese poco para poner en valor el rezo y la advocación del Rosario, también contribuyeron al propósito de la difusión otras célebres figuras de la ciudad de Córdoba como fueron San Álvaro, San Antonio María Claret y el Padre Posadas.

Aun cuando la devoción al rosario cuenta con un fuerte arraigo y extensa tradición en la ciudad de Córdoba, cabe destacar el período comprendido entre los siglos XVII y XVIII, ya que es entonces cuando se alcanza el máximo esplendor y auge del culto popular a esta advocación mariana. Es necesario, por lo tanto, recordar como uno de los factores más condicionantes de ello no solo la defensa de la Orden Dominica sino también el influyente papel de la diócesis cordobesa que, en aquellos tiempos, estuvo dirigida por un miembro de la citada orden. Los sermones entonces pronunciados hicieron de incentivo para que el sentir popular se inclinase en favor de la advocación del rosario.

No podríamos tampoco obviar en esta vasta historia la figura de fray Francisco de Posadas por su incansable predicación con respecto a la advocación del Rosario. Tras una exitosa carrera dentro del clero, el Padre Posadas siguió, como en sus comienzos, sin ser bien acogido entre la comunidad religiosa de San Pablo, lo que lo llevó a alojarse en el Hospital de San Bartolomé ubicado en la Puerta del Rincón. Desde este punto de la ciudad, se dedicó en cuerpo y alma a fomentar la devoción del Rosario e incluso, según las palabras del propio Ramírez de Arellano, “hizo construir una bonita efigie de la Virgen, con dicha advocación, que existe en San Pablo, y vulgarmente dice la Niña del Padre Posadas…todos los años en el segundo domingo de octubre la llevaba en procesión a San Pablo donde se le hacía una fiesta, viéndose las calles de la carrera con adornos de muchas clases que la devoción de los vecinos la preparaba […]”.

Como podríamos suponer, la imagen de la Santísima Virgen fue al fin trasladada al Convento de San Pablo una vez fue suprimido el Hospital de San Bartolomé donde se le había estado rindiendo culto hasta ese momento.

A su muerte, el Padre Posadas alcanzó una fama aún mayor y fueron muchos los que promovieron su beatificación, deseo conjunto que se materializó el 18 de septiembre de 1818.

Sus palabras lograron calar en el sentir colectivo, llegando a traducirse en la revitalización de las hermandades del Rosario existentes con anterioridad o la fundación de una multiplicidad de nuevas cofradías en la capital cordobesa. Así quedó patente tras el descubrimiento del informe de cofradías de 1796, del que se extrajo que para entonces existían varias corporaciones bajo esta advocación u otra distinta pero, en cualquier caso, dedicadas a extender el expuesto fervor. Entre todas ellas, debemos destacar la del Rosario de San Pablo, la de Belén y del Amparo en la collación de Santa María, de los Ángeles en la parroquial de San Andrés, del Socorro en la ermita del mismo nombre, de los Remedios en San Bartolomé, de la Pastora en San Juan de los Caballeros, del Rosario en la parroquia del Campo de la Verdad, de la Leche en San Miguel y de la Blanca en Santiago.

Con ello, no queda pues duda alguna de la relevancia y el peso de la fe a la Virgen del Rosario y, al fin y al cabo, a Santa María como Señora del Rosario en el fervor popular en la Córdoba del siglo XVIII, dejándose sentir aún en el presente con la fuerte presencia de Nuestra Señora del Rosario en el seno de la Hermandad de la Expiración, que ha sabido cuidar de esta antigua devoción y advocación, sin dejar en ningún momento que su nombre desapareciera sumido en el olvido como, por desgracia, ocurrió en otros tantos casos.