Aquí hay bemoles | El síndrome del cortijo

Hay un mal endémico en el mundo de las bandas que nada tiene que ver con la afinación, el labio o los ensayos. Es una enfermedad del alma, del ego, y se llama el síndrome del cortijo. Hablamos de esos directores y dirigentes que confunden la veteranía con la propiedad privada y que, tras años aferrados al cargo, terminan creyendo que la banda nació de su propia costilla.

El declive evidente y la ceguera voluntaria

Es fascinante, a la par que lamentable, ver cómo funciona la psicología del líder caduco. El barco hace aguas por todos lados: la plantilla se reduce a la mitad, los contratos de nivel se esfuman, el repertorio huele a naftalina y la calidad musical, en algunos casos que no todos, cae en picado. Todo el mundo lo ve. En los mentideros se comenta, en los autobuses se masca la tragedia y los músicos se marchan aburridos. Todos se dan cuenta, menos ellos.

Para estos personajes, la autocrítica es un concepto de ciencia ficción. Si la banda se hunde, la culpa siempre es de otros: de la junta de la hermandad que «no entiende de música», de los componentes que «ya no tienen compromiso» o de una supuesta mano negra conspirando en la sombra. Cualquier excusa barata sirve antes que mirarse al espejo y admitir lo evidente: el problema eres .

Mueren matando: El ego por encima de la historia

Lo verdaderamente sangrante no es que hagan mal las cosas; errar es humano. Lo imperdonable es la soberbia del «antes rota que en manos de otro». Prefieren ver cómo una entidad con décadas de historia, forjada con el sudor y la ilusión de generaciones de músicos, se disuelve en la más absoluta miseria antes que dar un paso al lado.

Su orgullo no soporta la idea de que la banda pueda sobrevivir —o peor aún, mejorar— sin su omnipresente presencia. Para ellos, si la música no suena bajo su batuta, es mejor que se silencie para siempre. Eso no es amor a una formación; es puro egoísmo patológico.

El triste legado del tirano de pasillo

Esos que hoy se atrincheran en los despachos simulando una falsa dignidad, lo único que están logrando es emborronar su propio pasado. Nadie recordará lo que sumaron en sus años buenos; solo se recordará el rastro de tierra quemada que dejaron al marcharse.

Una corporación musical pertenece a su historia, a sus fundadores y a cada uno de los componentes que se parten el pecho en cada ensayo. No es el patio trasero de nadie. Saber irse a tiempo, con elegancia y dejando paso a sangre nueva, es el último y más importante servicio que un verdadero líder puede hacer por su formación. El problema es que para saber irse hay que tener categoría, y para darse cuenta de que estorbas… hay que tener vergüenza.