Así es la última creación de Alejandro Mairena para Huelva, una obra cargada de simbolismo

El pintor onubense Alejandro Mairena acaba de presentar su última obra en Huelva capital, realizada en técnica mixta sobre tabla de okume en bastidor, concebido para conmemorar el 75 Aniversario de la hechura del Cristo de la Sangre de la Hermandad de los Estudiantes de Huelva, considerada la obra cumbre del escultor ayamontino Antonio León Ortega, el más fructífero en la Semana Santa onubense capitalina.

El Cristo de la Sangre es una imagen de apariencia sencilla, vanguardista por su aspecto casi minimalista, pero tremendamente compleja por la capacidad que tiene de absorber al devoto. Atrapa por su intensa humanidad que sublima unción sagrada, por un rostro muerto pero abnegado, que redime por su aceptación, y por unas formas reconocibles y sin estridencias. En conclusión, el Cristo de la Sangre es el Dios hecho hombre más humano y redentor.

Esa sencillez, pero a la vez complejidad, cargada de sentido religioso y simbólico, es la que Mairena ha pretendido captar en su cartel. Una pieza donde aparece como elemento fundamental y protagonista el Cristo de la Sangre desde una perspectiva casi cenital a su rostro, pero también múltiples elementos que pretenden dotar de un sustento teológico a lo que se ve.

La composición está inspirada en aquellos bodegones barrocos que intentaban mostrar hiperrealidades usando el juego de la pintura. Sánchez Cotán lo hacía de forma magistral componiendo bodegones vegetales y frutales en especies de ventanas o cuadros que estaban dentro del propio cuadro. En el cartel se muestra un cuadro dentro del cuadro, aludiendo a ese juego barroco de la confusión entre realidades, apareciendo como protagonista el Cristo de la Sangre coronado de espinas, una rosa roja sangrante frente a su torso, un cráneo en que se posa una mariposa roja, y esa misma mariposa escapando del cuadro que está dentro del cartel.

«Cristo es el redentor de todos los pecados humanos a través de su sacrificio en la Cruz. Con su carne desgarrada y su sangre derramada expió los pecados de la humanidad pretérita, expía los de la presente y expiará los de la venidera», explica el autor. Es decir, Cristo perdonó con su sacrificio los pecados desde el surgimiento mismo del hombre, Adán. Ese cráneo representa, como se viene haciendo históricamente en la iconografía sacra (a veces utilizando el cráneo junto a otros huesos como el fémur), a Adán, y sustenta la iconografía del Stmo. Cristo de la Sangre: la Crucifixión. Sobre el cráneo se posa una mariposa, que tiene tres connotaciones.

Por una parte, los insectos y las flores representan la diversidad de la Creación Divina, y al estar posada en el cráneo de Adán lo implementa como la creación a la imagen y semejanza del mismo Dios. Por otra parte, la mariposa representa la vida, y la vida vence a la muerte con la Resurrección, que se manifiesta en esa simbiosis contrapuesta al estar posada en un resto cadavérico. En tercer lugar, la mariposa alza el vuelo e intenta escapar de la escena, Cristo ha resucitado y todo su dolor, su martirio y su redención tuvieron sentido al mostrarnos la Verdad.

Finalmente, una rosa roja sangrante, como símbolo de la Pasión, pero también aludiendo al carácter regio de Cristo, pues desde el Concilio de Trento es el rojo símbolo de Majestad. En el fondo, de gris azulado, para hacer un contraste complementario con los colores anaranjados y cálidos de las carnaciones de la imagen, tras Cristo, el escudo de la Hermandad.

A nivel técnico, se trata de una pintura realizada con grafito, acrílico y óleo sobre una tabla de okume con preparación de gesso sobre un bastidor de madera.