En la Tierra Prometida se descuentan las horas con la llegada del Lunes de Pentecostés en el horizonte. Miles de peregrinos apuran las horas para encontrarse cara a cara con Ella, mientras muchos otros ya han podido sentir el goce infinito de reflejarse en las pupilas de la Madre de Dios. Y es que las hermandades, después del arduo Camino recorrido, sentido y vivido, descuentan la última distancia que las separa del sueño tantas veces soñado durante doce lunas de espera, reviviendo instantes maravillosos que se atesorarán para siempre.
Uno de esos instantes se ha vuelto a vivir, como cada año, con la llegada de la Hermandad del Rocío de Córdoba, a la única Aldea del mundo «que no precisa de apellido para ser perfectamente identificada». La Hermandad del Perdón, cuya íntima vinculación con la filial cordobesa es ampliamente conocida por la Córdoba Cofrade, ha recibido en su casa de la Aldea a los rocieros cordobeses, en un encuentro que se ha convertido en tradicional y que, como cada año ha estado cargado de una profunda e intensa emotividad.





