El Ayuntamiento de Sevilla presentaba este pasado martes la restauración del Arco de la Macarena tras 6 largos meses de trabajos en la icónica puerta romana.
La intervención ha sido integral, no sólo en el plano estructural e interno de la obra arquitectónica, sino también en su apariencia.
Los sevillanos y visitantes que hayan pasado estos días por la Resolana y el Parlamento andaluz se han encontrado un arco parecido al de los orígenes pero radicalmente distinto al de las últimas décadas.
Y es que el archiconocido monumento ha cambiado ese color albero intenso que conciliaba a la perfección con la Basílica de la Macarena y los edificios anexos, por un tono bastante más claro y apagado que difiere notablemente de los núcleos urbanos que lo rodean.
Además, los fragmentos blancos tan característicos del arco se han mezclado con zonas rojizas o incluso otras recuperadas de la etapa originaria, como los capiteles que lo coronan.
En definitiva, la imagen que ofrece ahora el arco ha cambiado mucho respecto a la que ofrecía hace poco más de medio año. Y ante eso hay que preguntarse: ¿Ha sido lo adecuado? ¿Éstan los sevillanos contentos con el resultado?
Pues a juzgar por la reacción en las distintas redes sociales, la respuesta es rotunda y mayoritaria: Los sevillanos no aprueban la nueva cara de la milenaria puerta.
La ciudad no ha encajado bien ese desarraigo emocional con sus vivencias, labradas durante décadas junto a este señero enclave; y que en pocos meses se han borrado de un plumazo.

La fisonomía del arco no se parece en nada a ese equilibrio cromático que contenía su antigua apariencia, y quizás es un paso adelante en cuidado de un bien cultural de primera categoría con una intervención correcta; pero los eruditos en la materia han de entender que muchos ciudadanos tenemos la sensación de que nos han robado el arco, ese arco por el que hemos circulado tantas veces y que forma parte de nuestra alma urbana.
Y quizás hablar de atentado visual es escesivo, pero los vecinos del barrio de la Macarena y sevillanos en general sienten que se les ha robado un trozo no sólo de la memoria, sino también de la propia ciudad con ese color característico y su contraste con el blanco.
Hay que reconocer por ello el exquisito trabajo de los restauradores, pero a la vez la falta de delicadeza de los impulsores de la restauración del arco para ofrecer soluciones menos radicales en su impacto visual.
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