Mi taberna, como muchas otras, tiene (o tenía) defectos y virtudes. La frecuentaban indeseables cofrades, la frecuentan chivatos o chivatillas, según género. Mi casa puede ser tanto confesionario como apoyo para el que necesita hablar con algún amigo, medio lugar de ocio, medio sala de psicología, a veces. Me ofrecieron hace un par de años ser parte del mundo de Gente de Paz. He aceptado. La taberna será el mentidero, el obstáculo, la verdad, ya cada uno que lo tome como quiera. A mí me gusta más que lo tomen como el «rumore rumore» de la gran Raffaella Carrà, que en una taberna ni se afirma ni desmiente. Desde mi lugar aprendo la psicología de estar atento y ver quién es el portador de la noticia, notición a veces para él, aunque no sea más que eso, un rumor que quizá se diluye como la sal en el mar. Pregunten a nuestro precursor, que lo ha sido para tantas cosas en este mundo, Curro el capataz, cuántos rumore rumore ha escuchado, a veces atónito, otras sabiendo que era un anuncio anunciado.
Con mi taberna ya quedamos dos, o una inventada camino entre San Lorenzo y el Alpargate. Otras disfrazadas o sin la solera de antaño por Ayuntamiento y aledaños. Ha de darse importancia a nuestro esfuerzo, es nuestro pan. Al fin y al cabo no deben de morir las tabernas, sobre todo, las nuestras, las cofrades. El otro día levantaba la persiana y no sabía cómo empezar. Me dije: dale tiempo a la información, al rumor, y entre tercio y tercio, copa y copa, yo mismo notaba mi propio nerviosismo. Que estamos en verano, ¡Por favor! Que en pleno agosto, como quien dice, han cesado al Capataz de la recién Coronada Paz y Esperanza, dándole el cargo al bueno de Don Rafael Giraldo. Ya me lo anunciaban algunos. El rumor venía porque no seguiría el actual, que incluso el que lo acompañaba quería su cargo como ya quiso el de Redención. Dos golpes de estado mal estructurados, como diría el gran Comandante Lara en uno de sus chascarrillos.
– “¡Verás tú Giraldo! ¡Llevar a su gente y levantar aquello!”, decía uno con aire jubiloso y triunfante. Supongo yo que conocerá de buena mano las intenciones de Don Rafael o es de su cuerda.
En pleno agosto, ya me lo anunciaban este fin de semana pasado, se vislumbraba también un anuncio de dimisión al otro lado del puente.
Contaba el chavea en cuestión, que:
– “Entre las cartas que han ido refunfuñando a la cuadrilla, que algunos miembros de la misma han recibido, que Don Juan Luis Berrocal no andaba con el humor de seguir viendo a la cuadrilla molesta con el estilo de marchas, había decidido ya su marcha”.
Dicho y hecho, comunicado al canto, y cada uno por su lado.
– “Pues quizá sea Carlos Villanueva el nuevo capataz”, comentaba uno. Pues vaya usted a saber…
Permítanme que les de su pausa y urja su espera. Las copas se me amontonan en la barra. Recuerden que es mi comer.
Sigo, ya estoy con vosotros. Nos vamos a los barrios. «Era más fresca que el río, naranjo en flor…». Verás aquella canción…
Me dice, casi me susurra un cliente habitual, de los de toda la vida, que “en el barrio del Naranjo sigue alguien que nadie eligió, que nadie votó, en pleno desierto de electos en muchas hermandades, ha creado el triste precedente de cruzarse con dos más con ansias de poder, ya al parecer uno solo, y disponerse a lanzarse día a día en una cruzada contra la lógica. Pedro Soldado al mando, no se vayan a acometer hechos no probados”. La verdad es que este asunto no estoy muy enterado, así que me limito a contarles lo que me dijo.
Pongo otra copa en mi taberna, y afinan los bebedores, ya estamos en hora de caldeo de lengua. En mi taberna dan guerra muchos, asaltan voluntades algunos y entra quien yo quiero. Oportunidad que he dado de volver a gente que ahora están de aniversario. Es más, gloriosos se encuentran. Alguno de mi distinguida clientela, no conoce siquiera a un capataz histórico en Santos, o Santas Imágenes. Don Javier, que al parecer dice un adiós con gran homenaje. Nos alegramos por él, por todo lo que dio en tantos años de oscuridad para los costales si no hubiera sido por «los patrico«. Dios y su Madre Bendita tengan en la gloria del costal, allá en los cielos, al amigo Chapi. Aseguran que lo llevarán delante, al igual que a Don Rafael Muñoz Cruz, “sin aprender nada de ellos seguramente”, subraya un comentarista. Y ya se abrazan y felicitan porque se van de extraordinaria. Empiezan en La Taberna las horas de los abrazos sin medida.
Yo escuché en la taberna meses atrás, que se traería a una banda, quizá algo mejor que la que cada Domingo acompaña a la Reina de la Concepción. Pero no, ya es oficial que no, fue solo rumore. También que el recorrido iba a ser de órdago, cosa que tampoco… otro rumore.
– “En esta Hermandad, un acto así debía de haberse planteado con otro rigor”. Esto me lo dice un tabernero al que siempre me gusta escuchar por su exquisitez y educación. Enamorado de ambas imágenes como de la que antes procesionaba de la misma sede, la Virgen de la Soledad.
Miembros del consejo general del reino, que es como llamo yo a mis cinco o seis confidentes, que también los tengo, me dejan ya atónito del todo cuando me anuncian en esta Hermandad otra extraordinaria sorpresa, puede que noticia o extraordinario rumore. No es otra cosa que el adiós a Carlos Lara. Son cuatro los que hoy se han dado cita en mi taberna. No les voy ni a engañar en número ni en que uno es hasta capataz. Como dirían muchos ya venido a menos, pero capataz. Cuenta el rumore con la pausa y la preocupación de alguien que conoce a Don Carlos, y parece que sabe que tiene esto poco de rumore y más de realidad.
Perdón. Me piden ahora un copazo. Se ve que tienen ganas de explicar. Ahora les cuento.
De nuevo con ustedes.
– “Adiós Carlos”, dice uno.
– “Esto era una muerte anunciada en Santiago desde Semana Santa”, reafirma otro.
Otro se carcajea diciendo que “si esto es una muerte ojalá la suya sea así, que cada día del calendario se hace más capataz, con más nombre y a tener en cuenta por cualquier Hermandad”.
El capataz, apesadumbrado de nuevo, me cuenta que “no se tiene el rigor necesario para dejar trabajar a nadie. No se mira el trabajo, nunca se ve ni el número ni la calidad de una cuadrilla donde no había nada al llegar Arce, o al irse. Esa es la pena de las Hermandades y más en una donde solo se puede solucionar el vacío que se deja ante una nueva marcha, trayendo a otro que vaya con su gente, que aquello cuaje, y Carlos había formado una cuadrilla de locos, de las que yo hubiera querido para mis mejores pasos en tiempos”. Y yo pienso que el que la lleva la entiende, digo yo.
Por fin se me va esta gente, o los echo, la policía política no tiene parangón en esta ciudad. A alguno le aconsejo que guarde o mida sus palabras, a otros que me vengan más a menudo, pues mi negocio depende de ellos. Y a Carlos Lara, que quizá algún día cierre mi negocio y vaya a pedir sitio en su redil, me tenga en cuenta para cerrar semana con la Virgen de la Soledad; es el paso que más me gusta de este Capataz, pero cerrar mi taberna es complicado en lo económico. Así, por hoy cierro la persiana. El resumen de la jornada para ustedes sería ese, bienvenidos a mi taberna y adiós a Don Carlos Lara, artista.
Ya me encuentro recogiendo cuando me llega uno al que se le había olvidado el móvil. La cabeza va a perder esta gente, y de pronto, me dice: “oye que el que viene por Carlos en Santiago tiene amistad con varios miembros de la Junta de Gobierno, todo es de risa y todo se mueve al final así…” Y se marcha no sin antes soltar el nombre… Cambio el resumen para ustedes sobre la marcha. Buenas noches, ya casi días, vuelvan por mi taberna que serán siempre bienvenidos. Adiós Don Carlos Lara, artista. Enhorabuena Don Enrique Garrido. Faeneros todos, al tabernero le toca descansar.





