Cuando la comisión organizadora de la hermandad de la Santa Cruz y Sagrada Resurrección encarga en marzo de 1972 la talla de una imagen que representase la Resurrección de Cristo, el imaginero elegido, Buiza Fernández, se reúne con los miembros de la corporación para abordar cómo debía de ser escenificado Jesús. Durante las conversaciones, se llega la conclusión de que no se representaría a Jesús de forma tradicional, esto es, de pie, con una cruz o lábaro y en actitud de bendecir. El deseo de la hermandad era que la imagen reflejase el “momento” de la Resurrección, con la imagen de Cristo elevándose desde el sepulcro.
Una vez en su taller, Francisco Buiza tenía por delante ejecutar una obra que vendría a ser la que cerrase las procesiones de la Semana Santa hispalense. 1,74 metros acabaría midiendo la imagen, realizada en madera de pino de Flandes. La obra escultórica terminaría encerrando una profunda teología. La actitud de Cristo es la del desenclavado de la cruz, uniéndose en un mismo instante la muerte en la cruz, la Resurrección de entre los muertos y la Ascensión hacia los cielos. A las referencias que tomó de las sagradas escrituras, el imaginero se fijaría en los modelos más representativos de esta iconografía en el campo pictórico.
Buiza comentó que se había inspirado en el Resucitado de Murillo, una obra que se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En este lienzo del pintor sevillano, las influencias de la pintura de Guido Reni, sobre todo en el cuerpo alargado, así como las Caravaggio, con el intenso escorzo presente en las figuras dormidas que se encuentran en la parte baja de la obra, son más que evidentes. La escena sigue las directrices marcadas por Pacheco. Cristo aparece saliendo del sepulcro cerrado, a cuyos pies se encuentran los soldados dormidos. Con el paño blanco y las llagas al descubierto, Jesús sostiene el lábaro triunfante. La obra destaca por el tratamiento de la luz así como por el contraste de la misma, que se acentúa sobremanera entre Cristo, que aparece rodeado de un resplandor, la oscuridad del fondo y el claroscuro del primer plano.
Francisco Buiza también se inspiraría en el Resucitado gaditano de San Antonio, que realizase Doménico Giscardi en el siglo XVIII. Para el paño de pureza, sin embargo, tomaría como referencia el que luce el Cristo de la Clemencia, conocido también como el de los Cálices, de Montañés, que se encuentra en el templo metropolitano. Pacheco, nuevamente presente, ya que fue el autor de policromar la talla.
El lienzo fue un encargo por parte de un hermano mayor de la hermandad del Museo del siglo XVII para la capilla de la Expiración. Sin embargo, tras la llegada del mariscal Soult, la “Resurrección del Señor” salió de la ciudad, como lo hicieron otras tantas obras de primer nivel. El lienzo regresó a Madrid en 1813, ocupando un espacio en la Academia de San Fernando, lugar en el que se encuentra desde entonces.
En cuanto al Resucitado de Santa Marina, la imagen sería bendecida el 14 de abril de 1973, que en aquel año fue Sábado de Pasión. El Domingo de Resurrección de ese año, 22 de abril, el Cristo fue llevado en procesión por primera vez. Murillo, el pintor más cotizado del siglo XVII, presente en la fiesta más universal de su ciudad.





