Estimado, amable y fiel lector. Dice León Tolstói que los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo. Y más allá de una frase ella, esas dos palabras relucen como el oro en una sociedad carente de valores, de medida, de verdad.
Hemos embarcado hace dos días en el crucero más rico del mundo para vivir una experiencia sensorial incomparable. Ese transatlántico, que podemos llamar por ejemplo Cuaresma, tiene como pasajeros de primera clase al tiempo y a la paciencia que nos anticipa Tolstói.
El miércoles 18 de febrero, primer día de navegación, empezaba la tinta negra del boli bic a mojar el papel inmaculado del cuaderno de nuestra historia, de ese mundo interior que ni siquiera nuestro círculo más cercano conoce, y con el que ni siquiera nosotros, en el día a día, llegamos a intimar.
Tal vez es miedo, o duda, agobio o el sudor frío de los más oscuros temores, pero nos cuesta sobremanera coger el timón del barco y adentrarnos en una desconocida ruta hacia el yo, hacia el ego, hacia la auténtica esencia del ser y el existir.
Quizás para eso inventó Dios, los discípulos de Jesús o quién quiera que fuese esos cuarenta días de viaje a ninguna parte. Porque la Cuaresma no es un periplo de Vía Crucis, quinarios y trajes de chaqueta oscuros, sino una hecatombe que mueve, o debería mover, los cimientos de nuestra rutina.
El lapso temporal que va del Miércoles de Ceniza al Domingo de Ramos es una escapada a tu propio corazón para sondear, sanar y resetear una vida que, en ocasiones, nos viene muy grande. Porque damos una importancia suprema a problemas, inquietudes u obstáculos del día a día que probablemente se solucionarán de corto a medio plazo. Pero lo realmente primordial, la salud y el amor por nosotros mismos y todo lo que nos rodea, está descuidado y tiene un espacio menor en la pirámide de prioridades.
Y ahí es donde entra Tolstói, primero con el tiempo que consumimos como si fuera una pastilla de incienso, pensando que es infinito, que ya vendrán más días, más horas, más momentos y tendremos tiempo para todo. Porque queremos vivir muy rápido y no tenemos la paciencia para esperar, digerir y mirarlo todo con perspectiva.
Por ello llegan estos cuarenta días y noches que no solo harán de puente entre el invierno y la primavera, sino también de pasarela al cielo, a la buena vida de verdad, al crucero de lujo en el que nos hemos subido para surcar las aguas buscando la mejor versión de nosotros, como cristianos, como humanos y como hijos de Dios en este planeta hostil llamado Tierra.
Ojalá podamos conseguirlo, amado lector. Pase buena semana y mejor Cuaresma.





