Burladero | Cayetana

Estimado y fiel lector, vamos a viajar en el tiempo durante los próximos minutos para conocer y reconocer un capítulo apasionante de nuestra ciudad y sus hermandades.

La máquina de regresión comienza a girar. En apenas unos segundos nos lleva una década atrás a un momento concreto, el 20 de noviembre de 2014.

Estamos en una casa grande con apariencia de palacio, que brilla refulgente con los primeros rayos de sol.

Los jardines se iluminan poco a poco y desgranan una sinfonía de colores y olores que evocan la primavera.

Parece un milagro porque estamos en otoño, pero esta tierra nos seduce frecuentemente con milagros imposibles de encontrar en cualquier otro lugar del universo.

Subimos la gran escalera y cruzamos enormes pasillos rodeados de obras de arte impresionantes, retratos que nos miran con el paso de los siglos, sobrecogiendo la vista y el corazón.

Pasamos por salones llenos de calidez, con jarrones pintados a mano, alfombras de una belleza inaudita y muchas fotos, las fotos de ella, la guardiana de aquella fortaleza con sabor a Andalucía en cada rincón.

Entre aquellas instantáneas, está muy presente su amor por Sevilla y sus tradiciones, y cómo no, por la Semana Santa.

No faltan estampas del Cachorro o la Macarena, pero destacan las devociones que le traspasan el alma: El Cristo de la Salud y la Virgen de las Angustias Coronada de la Hermandad de Los Gitanos.

Ellos son el reflejo de su existencia: su juventud, las primeras visitas a la ciudad, la presentación de sus hijos, tantos regalos en silencio y algunos que otro perenne y latente en la propia historia de la corporación…

El Señor de la Salud y su Madre de las Angustias fueron testigos de sus amores y pasiones, de su generosidad silente, de su entrega infinita y en definitiva, de la humanidad de quien tiene todo y lo devuelve multiplicado.

Y Sevilla fue testigo de su simpatía, su cariño desplegado por todo el mundo con esas siete letras por bandera como inigualable anfitriona.

La casa se vuelve ténue pese a la luz, triste pese al alegre cantar de los gorriones en el patio.

Llegamos a su habitación con un suspiro de nostalgia y sabor a sal por la lágrima que cae de la mejilla. Su respiración es lenta y sosegada, como un poema de despedida.

Su fortaleza se escapa lentamente en cada suspiro, pero aún es capaz de girar la vista hacia su Cristo, pidiéndole que no le falta ni a ella ni a los suyos, agradeciendo cada instante de alegría y años de vida.

Y finalmente su corazón deja de latir dejando un reguero de vivencias, sueños y anécdotas sin fin, propias del mito que representa y la trascendencia de su legado.

La máquina del tiempo vuelve al presente. Nos lleva al Santuario de Los Gitanos y a la capilla que presiden sus cenizas.

La tumba de mármol blanco evidencia la importancia de su identidad, y los ramos que la rodean el cariño de su gente, que la recuerda, la siente y la verbaliza sin necesidad de explicar nada, porque su nombre lo dice todo.

Siempre recordaremos a nuestra admirada, recordada y querida duquesa. Gracias por tanto, CAYETANA.

Estimados lectores, pasen una buena semana y sean muy felices.