Estimado, amable y fiel lector. Esta semana su Legatus está melancólico tras la borrachera de sensaciones que experimentamos en la Magna.
Pese a las reticencias que este humilde servidor mostró desde el anuncio hace un año del disparatado y ¿necesario? evento, hay que reconocer que ha sido un éxito en casi todos los sentidos.
Sí, es cierto. Nuestro alcalde está silbando y mirando al cielo tras la desastrosa campaña de terror local ante la avalancha de turistas que iban a abarrotar el centro de Sevilla en el Puente de la Inmaculada, y que al final no fue ni mucho menos para tanto. Los comerciantes, hoteles y ciudadanía en general están que trinan, pero la pregunta es: ¿Quién asumirá las responsabilidades y los errores del garrafal patinazo?
Desde el lado opuesto de la balanza, el arzobispo hispalense, apodado cariñosamente “Angelito coronaciones”, se pasea por palacio como el pavo real del extinto restaurante La Raza, hinchado de felicidad por los méritos obtenidos en Roma con el congreso y la procesión.
Y tiene motivos. La organización fue muy satisfactoria, el público respetuoso y cálido, la puesta en escena espectacular con los planos aéreos de las televisiones regionales y locales en el Paseo Colón y los horarios cumplidos a rajatabla.
Sí, es verdad. Todos sabemos la polémica que han generado los portadores de la Virgen de Setefilla de Lora del Río, pero no se debe hacer sangre de un hecho anecdótico. Los loreños demuestran su devoción a la Virgen de esa manera y están acostumbrados a la romería en honor a su patrona, el “lucerito de la sierra”. Hay que entenderlo y respetarlo.
Pero también tienen que entender nuestros paisanos de la provincia que en Sevilla no estamos habituados a esas muestras de piedad popular ni a esa manera de llevar a la Virgen, y es lógico que cuanto menos asombre en la capital.
Más allá de este pequeño malentendido, la Magna fue redonda y todo brilló como lo tenía que hacer.
La Esperanza de Triana enamoró con su gracia natural y su roneo por cada rincón del recorrido. De hecho, la salida y el paseo por la calle Pureza duró nada más y nada menos que 50 minutos. La única mancha fue el trato de ciertos policías, que comparten la genética de ciertos animales de bellota, con algún que otro asistente cuyo único delito era cangrejer delante o detrás del paso.
El Gran Poder dejó sin palabras a propios y ajenos al lucir la túnica Persa, que le quedaba como un guante, especialmente en esos minutos en que los últimos rayos de sol iluminaron su figura antes de acceder a recorrido oficial.
El Cachorro le dio un nuevo significado a la palabra delicadeza y mesura, pues su transitar tanto en el traslado de ida como en el acto principal y la vuelta fue sencillamente delicioso y apto para paladares selectos.
La Patrona pasó muy muy muy desapercibida, es cierto. Y eso que presidió el palco de autoridades delante de la Real Maestranza de Caballería. Es cierto que donde manda el patrón “Angelito coronaciones” no manda marinero, pero no se puede tirar a la piscina a la imagen fernandina con la Champions League de la devoción sevillana. La entrada, sin apenas público en la catedral, fue lo más doloroso del día.
Y la Esperanza Macarena estuvo sencillamente ma-ra-vi-llo-sa, como diría la tonadillera de la finca Cantora. Paseó la Rosa de Oro papal por toda la ciudad, y se dio un buen baño de masas con toque de Centuria incluida (al final de Amor de Dios), y hasta sevillanas en su calle Parras.
Ahora solo queda el recuerdo de aquella tarde de diciembre que nos robó el corazón. Pero no estés apenado, queridísimo lector, porque a estas horas están bajando del cielo las Esperanzas, y cuando el alba nos anuncia el nuevo día se abrirán las puertas del paraíso para volver a besar su mano.
Así que sueña con todo lo que vamos a seguir viviendo, y pasa una buena semana junto a la Madre de Dios y el niño que va a nacer.





