Burladero | Reencuentro

Estimado, amable y fiel lector. Tengo que disculparme nuevamente por fallarle el pasado viernes, pero aún no he logrado teletransportar mi cuerpo a varios lugares al mismo tiempo.

Pero hablando de idas y venidas, ya sabemos lo que se acerca. Sevilla entera contiene el aliento por el regreso de su emperatriz celestial y la rosa de oro vaticana. La Esperanza Macarena ya se intuye desde los cuatro puntos cardinales, y al igual que en la víspera del besamanos o en el sábado que precede al Domingo de Pasión, la ilusión y el nerviosismo se descorchan como el tapón de una botella de champán.

No es difícil intuir o imaginar el dispositivo logístico que rodeará la Plaza Esperanza Macarena y la propia basílica el 8 de diciembre desde las 6 de la mañana y quién sabe si durante las noches y los días siguientes ininterrumpidamente.

Porque no olvidemos que la imagen que regresa al culto no es una devoción de un barrio o de una ciudad, sino una devolución universal. Prueba de ello son las colas de cada víspera de su festividad, que llegan en ocasiones a la altura del Hotel Macarena tras bordear la Plaza del nombre de la Reina del arco.

El día de la Inmaculada se convertirá este año en una explosión de luz, de alegría, de gozo y de sueños cumplidos. La espera de más de tres meses bien lo vale. Y el corazón roto de miles de macarenos en el mes de julio también.

La Esperanza despertará del sueño a Sevilla tras un limbo interminable, con la mirada de Sevilla, esa misma que detiene el minutero del reloj con cada latido, con cada plegaria, con cada gracia cumplida.

Y su gente estará esperando, impaciente, ver su silueta desde la Resolana, presidiendo el presbiterio con su colosal corona de salida de Joyería Reyes y sus mariquillas de Joselito refulgiendo en el pecho.

¡Vuelve, Esperanza, vuelve!