Burladero | Retales del sur

Estimado, amable y fiel lector. Tic tac, tic tac. Las manecillas del reloj se acercan a la medianoche, el champán permanece frío en la nevera y la cuenta atrás ha comenzado.

Cinco…cuatro…tres…dos…uno…¡Feliz día de Andalucía! Cuántas cosas tenemos que festejar cada 28 de febrero en las ocho provincias que componen la bandera blanca y verde.

Nuestra casa la conforman la familia que nos vio crecer, los profesores que nos educaron, la música que nos envuelve en cada esquina o las grandes fiestas y velás adornando las plazas y callejuelas de esta bendita tierra. ok ok el

Las nueve letras que componen su nomenclatura se funden al sol de sus playas blancas, desde Cabo de Gata y Roquetas de Mar hasta Fuengirola, Marbella, Motril, Chiclana, Rota, Chipiona, Matalascañas, Islantilla o Punta Umbría.

También se refugia del calor desértico del estío bajo las grandes joyas arquitectónicas abrazadas por el brazo fluvial del Guadalquivir, como la Giralda y la Torre del Oro en Sevilla, la Mezquita Catedral de Córdoba o el templo mayor de Jaén; y hace bolas de nieve en la sierra granadina, mientras mira al horizonte enamorado de la Alhambra y el Albayzín.

Pero por encima de todas las maravillas que posee nuestro paraíso natal, Andalucía es tierra de Dios, de devoción y de tradición cofrade que recorre cada palmo de la comunidad.

Porque hablar de la bandera blanca y verde es evocar a la Virgen del Mar en Almería, a la Soledad y al Cautivo de Medinaceli; al abuelo en la madrugá jiennense y a clamores de pinares y sombreros allá por el mes de abril, cuando la morenita más bella pasea por el Cerro del Cabezo.

Nombrar el sur de España es entonar “El Novio de la Muerte” ante el Cristo de Mena en la capital Malagueña, o perderse en la blancura de la reina del Rocío conjugado con el manto verde de la Esperanza; o emocionarse con el Crucificado de los Gitanos y la Virgen de la Concepción, La Concha, en Granada, la cual sueña a la vez con su Madre y Patrona de las Angustias cada mes de septiembre.

Y cruzando la bahía gaditana rezaremos el rosario con la bienhechora de la ciudad, la dulzura de Nuestra Señora de la Palma Coronada, la algarabía de las procesiones de la Reina y Hermosura del Carmelo en julio y el nudo en la garganta con la Yedra de Jerez.

Todo ello sin haber pisado aún la bellísima Córdoba aromatizada de azahar e incienso, y llena de contrastes con los patrones San Rafael y la Virgen de la Fuensanta, el extraordinario conjunto que gubiara Juan de Mesa de Nuestra Señora de las Angustias con su hijo en los brazos, o el fervor de los romeros de la Virgen de la Sierra en Cabra.

Para culminar, y vaya broche, con Sevilla y Huelva. La capital andaluza nos dejará una estela de devociones en su provincia y algunas de las tallas supremas del barroco en la capital, con el Señor del Gran Poder, las Esperanzas Macarena y de Triana o el crucificado de la Expiración (El Cachorro), completado con la dulzura de su patrona, la Virgen de los Reyes.

Y como guinda, el territorio onubense ofrece un amalgama de sentimientos con sus dolorosas de la Victoria del Polvorín y la Esperanza, la Virgen de la Cinta o la bondad del Nazareno sosteniendo la pesada cruz.

Pero será en una ermita de Almonte, casi tocando Doñana con los dedos, donde se refleja toda la provincia Andalucía, la Península Ibérica y parte del mundo ante los ojos serenos de Nuestra Señora del Rocío, la blanca paloma ante la que se postró hasta San Juan Pablo II como vínculo perpetuo entre la marisma y el corazón de la Iglesia.

Ésa es nuestra fe, ésta es nuestra tierra y hoy nos toca brindar y gritar a los cuatros vientos que somos andaluces.