Opinión, Verde Esperanza

¡Cofrades, a la calle!

Las escenas de distintos eventos que se reproducen por doquier en nuestra tierra, y, por el contrario la falta de imágenes de religiosidad popular por la calle, con contadas excepciones, parecen estar haciendo despertar al cofrade de su letargo. Por ello, ese lema que se viralizó de «¡cofrades, a la calle!», parece ser más apropiado que nunca.

Ya escribía en un artículo anterior, que los distintos sectores de nuestra sociedad están recuperando la normalidad a pasos agigantados, con la aparente mejora de la situación sanitaria gracias al avance de la vacunación. Todos los grupos sociales, excepto el de las hermandades, que continúan con restricciones, reticencias, negativas y encerradas en sus templos, con la excepción que confirma la norma de lo que, afortunadamente, está sucediendo en la Diócesis de AsidoniaJerez de la Frontera.

Uno de los aspectos que dejaba entrever en el citado artículo es que las hermandades estaban atadas de pies y manos, ya que si imagináramos una pirámide, tanto hermandades como cofrades estaríamos en la base, mientras que los estratos superiores estarían conformados por las autoridades gubernamentales, ya sean autonómicas, locales o nacionales, y las eclesiásticas, mayormente los obispados de turno. Y sin demasiada posibilidad de acción efectiva desde abajo.

Estos dos estratos de la cima de la pirámide no parecen estar muy por la labor de devolver lo que es suyo a los cofrades por motivos que a quien escribe se le escapan, pues no tiene razón de ser que el único grupo social que persevere en el encierro confinado por mor de la pandemia sean los cofrades. Estos días hemos visto estampas muy llamativas, la de la Vuelta Ciclista a España, que ha recorrido puntos de la geografía andaluza, deparando imágenes que, de sustituir al ciclista de turno por un paso de misterio o un palio, no parecen demasiado diferentes a lo que supondría una salida procesional, con la aglomeración de público consiguiente. A principios de agosto sucedía algo similar en Sanlúcar de Barrameda con las populares carreras de caballos, que deparaban imágenes de playas atestadas de público aglomerado para ver la competición de equinos, con muchísima gente sin mascarilla. Estas escenas vienen a sumarse a otras de las que ya se ha hablado largo y tendido y aparecen en la imagen de portada del anterior artículo, tales como celebraciones de mítines electorales, conciertos o manifestaciones, entre otros eventos.

Pese a estar atados de pies y manos, incluso sometidos a lo que dicte el orbe eclesiástico, quizá se me escapaba una posibilidad que estoy comenzando a entrever recientemente, especialmente en Córdoba y en algunos puntos de las provincias de Cádiz y Sevilla, más allá del mencionado ejemplo de Jerez o Arcos de la Frontera. Habrá más casos, pero hablo de los que he podido observar.

Hay que partir de la base de que salir a la calle a dar protestación pública de fe no es algo que se adopte con ligereza por parte de ninguna hermandad, ni tampoco una actividad más del calendario ordinario de las mismas, pese a que siempre estemos bajo la lupa eclesial y de quienes se empeñan con mirarnos siempre con recelo. Bien al contrario, las salidas procesionales y el culto externo en general están recogidos en los libros de reglas y los estatutos de cualquier hermandad, que además se acogen a los cánones establecidos por las propias Diócesis.

Así, durante este oscuro tiempo que nos ha tocado vivir las cofradías han estado haciendo, en cierto modo, dejadez de funciones e incumplimiento de las propias normas. Quizá de manera justificada durante un tiempo, pero probablemente un tiempo que se ha dilatado en demasía. Ahora que parece que ha pasado lo peor, y que la vacunación tiene visos de estar dando sus frutos al menos en lo que a la gravedad de la enfermedad se refiere, las hermandades tienen que superar las tibiezas y las dudas y hacer todo lo que esté en su mano para recuperar lo que, por otra parte, nunca debió de dejar de ser suyo.

Las cofradías, y algunas ya lo están empezando a hacer, tienen que solicitar a quien corresponda, la realización de todos los cultos externos que normalmente realizarían. Ahora, en el mes de octubre, se tienen previstos gran cantidad de rosarios de la aurora que normalmente se realizan en la calle y, para qué engañarnos, no implican una densidad de público en ningún lugar que pueda suponer un riesgo notable. Desde luego, un riesgo mucho menor que el que ha supuesto la afluencia de público a las playas de Sanlúcar de Barrameda, abarrotadas para ver las carreras de caballos, o a las calles de algunos pueblos por los que recientemente ha pasado una etapa de la Vuelta a España, entre otros muchos ejemplos. A una altura similar, por poner un ejemplo que también tiene que ver con la religiosidad popular, aunque no del orbe cofrade, convendría hacer referencia a la peregrinación religiosa «Madre Ven», que ha llevado a una imagen de la Inmaculada Concepción proveniente de Éfeso por distintos templos y calles de nuestra tierra. Sin problema ninguno, por llamativo que parezca. Por todo ello, es obligación de las cofradías solicitar los permisos oportunos para que las imágenes retornen a las calles, para que los cofrades podamos dar pública protestación de fe, al igual que otros sectores hacen sus particulares y respetables manifestaciones públicas.

Quedará, así, la pelota en el tejado de la cúspide de la pirámide, que no acierto a decir con certeza si la relaciono con lo eclesial o con lo gubernamental, quizá porque la responsabilidad sea compartida y porque, aunque parezca sorprendente, los unos se están tapando a los otros salvo que se demuestre lo contrario. De denegar los permisos, ya sea el obispado o el ayuntamiento de turno, o en su defecto la Junta de Andalucía, al menos las cofradías tendrían la conciencia tranquila de haber hecho todo lo posible por cumplir sus reglas, esas que cualquier hermano acepta al formar parte de una hermandad. Y, además, quedarían perfectamente señalados los responsables de que no pueda haber imágenes sagradas en la calle, tal y como está sucediendo recientemente. En este mismo sentido, además, se podrá sacar en claro, si procede, cuándo se discrimina a las cofradías con prohibiciones de salir a la calle, mientras que otras actividades culturales se realizan con ligereza en los mismos espacios públicos. Ya lo he hecho personalmente cuando he dado alguna noticia en ese sentido, y no dudaré en volver a dejar a las claras lo que, a mi humilde modo de ver, está sucediendo.

Conciertos y otros espectáculos artísticos, corridas de toros, partidos de fútbol, manifestaciones, carreras de caballos, etapas de la Vuelta Ciclista a España, fiestas, bares… Quienes permitan todos estos eventos, algo a lo que, me reitero, quien escribe no está en contra, pero no autoricen un rosario de la aurora siguiendo todas las medidas sanitarias correspondientes, estarán atentando contra la libertad religiosa recogida y reconocida tanto en la Constitución Española como en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Por mucha servidumbre que se guarde al clero, es la responsabilidad de cualquier hermandad velar por el cumplimiento de unas normas que están dictadas y, por tanto, refrendadas, por los propios obispados. Dado el peso específico de las cofradías en la Iglesia andaluza, resulta casi obligatorio que éstas hagan presión del modo en que he apuntado a lo largo de este artículo, solicitando de forma lo más conjunta posible los permisos oportunos a quien corresponda para que puedan realizar sus cultos externos. Es hora de que las hermandades pasen a tener un papel activo. Es hora de recuperar las calles en favor de la fe.