Opinión, Verde Esperanza

Si los cofrades no alzamos la voz, seguiremos encerrados

Hace poco más de un mes un servidor escribía un artículo titulado «Responsabilidad o libertad«, en el que abordaba la cuestión sobre si nuestro colectivo, el cofrade, debía seguir recluido o no ante la situación sanitaria.

Decía entonces que el agravio comparativo, por suerte o por desgracia, es uno de los principales motores del movimiento social. Es un hecho. Viendo la cantidad de eventos que proliferan durante las últimas semanas y meses, ese agravio comparativo me lleva a plantearme una cuestión tan sencilla como aplastante.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo hemos de seguir los cofrades y las hermandades encerradas en los templos sin posibilidad de ejercer un derecho tan nuestro e innegociable como lo es la libertad de culto, también en espacios públicos?

Y lo que es peor, ¿por qué somos los únicos que continúan «encerrados en casa»? Para ilustrar este artículo, se han utilizado imágenes de algunos eventos de masas que han tenido lugar recientemente en nuestro país, la mayoría de ellas, en Andalucía. Mítines políticos por doquier, celebraciones de resultados electorales, manifestaciones de muy diversa índole, celebraciones de éxitos deportivos, conciertos, bolos, corridas de toros, ferias, ocio nocturno, hostelería, incluso la organización de varios partidos de Eurocopa con todo lo que ello conlleva… ¿En qué medida todos ellos son menos arriesgados que una procesión en la calle, hasta el punto de restringir éstas casi en su totalidad, mientras los anteriores proliferan cada vez más?

Huelga decir que quien escribe estas líneas, a priori, no está en absoluto en contra de que los mencionados actos o actividades comerciales tengan lugar. Sin embargo, lo que no es de recibo es que seamos el único sector social que continúa anestesiado en una faceta tan importante como lo es la libertad de culto, también del culto externo, algo que es un derecho reconocido tanto por la Constitución Española en su artículo 16, en la que se añade que será «sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley» como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que especifica que «este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.» A los cofrades no nos ha importado amputarnos esa parte tan nuestra durante la época de la crisis pandémica más cruda, priorizando la labor social, pero visto lo visto, se nos empieza a quedar un poco de cara de tontos.

Lo que está fuera de toda duda es que si no somos los cofrades de a pie los que alzamos la voz, nadie lo va a hacer por nosotros. A las administraciones gubernamentales, en líneas generales, la restricción del culto externo religioso les parece una idea maravillosa, según parece. Las autoridades eclesiásticas, quizá quienes deberían ser el principal valedor del retorno del culto externo, se debaten entre la tibieza y la connivencia cómplice con la arbitrariedad y dejadez de las autoridades de turno. Los consejos, agrupaciones de hermandades o similar, así como las propias hermandades, guardan mansa y silente servidumbre a los anteriores, como por otra parte no puede ser de otra manera.

En lo que concierne a lo eclesial, muy contadas excepciones de voces autorizadas de la Iglesia se han expresado a favor del retorno de los cofrades a la calle. El ejemplo que confirma la regla lo encontramos en Córdoba y también en Jerez, donde por fin han podido salir a la calle aunque sea para hacer traslados y una procesión de la Virgen del Carmen. Todo un oasis en Andalucía de retorno a la relativa normalidad. Pero, por lo general, las propias diócesis no recomiendan o directamente prohíben el culto externo. La mayoría guardan un cómplice silencio tan extraño como llamativo, que bien podría alimentar el debate sobre cómo se ve a los cofrades en su propia casa. Desde el punto de vista más frío, considero poco acertado que la Iglesia permanezca inmóvil para defender a, probablemente, el principal baluarte cristiano al menos en la geografía andaluza. La devoción popular tal y como la entendemos por estos lares, guste más o guste menos, es la principal razón por la que la Iglesia goza de cierto vigor. Convendría defenderla sin titubeos.

Nadie tiene ninguna prisa por devolvernos lo que es nuestro, es más, se desea que esa pasión cofrade se diluya sin que nadie diga aquello de «esta boca es mía». Una muerte silenciosa. Como decía, el cofrade ha sido muy paciente durante todo este lúgubre tiempo que nos ha tocado vivir, recluyendo nuestra fe al ámbito de lo privado y a las cuatro paredes del templo de turno. Y lo ha hecho sin rechistar, arrimando el hombro a los más necesitados, y viendo de reojo cómo el resto de la sociedad se ha ido poniendo en marcha con mayor o menor normalidad de forma paulatina, pese al ritmo de contagios. Pero nuestra manera de entender la fe en Dios no puede seguir más tiempo encerrada, mansa y dócil. La calle no puede ser de todos menos de los cristianos y los cofrades, es algo que no tiene razón de ser.

La excusa no pueden ser las masificaciones que conllevan las procesiones y el riesgo que ello conlleva, pese hay quien ya apunta en esta dirección hacia lo que está sucediendo en Jerez, porque automáticamente podemos citar otros muchos ejemplos similares, y se permiten sin mayor problema. La intención de este artículo no es la de abogar por salir a toda costa, y mucho menos de forma irresponsable. Al contrario, lo que demando es que comencemos a recuperar poco a poco lo que por derecho nos pertenece, siendo tan escrupulosamente responsables como hemos sido hasta ahora, con la mayor dureza de protocolos sanitarios posible. Que no seamos causantes del dolor de nadie. Pero hemos de comenzar a dar pasos hacia la normalidad, acercando a Dios al pueblo. Si hace falta que no haya costaleros, ni bandas, amén.

Así que, considerando que tiene toda la pinta de que el virus ha llegado para quedarse durante bastante tiempo entre nosotros, y que la vacunación parece ser efectiva en lo que se refiere a la gravedad de la enfermedad, unido al retorno a la normalidad en la práctica totalidad de órdenes sociales, ¿hasta cuándo se tiene pensado que el cofrade siga encerrado y manso en casa? ¿A qué esperamos? ¿Cuándo va a ser el momento oportuno? ¿Se está trabajando en alternativas que hagan viable la presencia de hermandades en la calle pese a la pandemia? Vamos tarde. Hay que volver ya. Ante la dicotomía de responsabilidad o libertad, quizá lo responsable sea dejar de callar ante el pisoteo disimulado de nuestra libertad… y cuanto antes.