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El Respiradero, 💙 Opinión

Como el silencio de un Domingo de Ramos

Ayer pasé por la puerta de las Hermanas de la Cruz en la calle que tiene el nombre de la hermana Angelita. La puerta estaba completamente cerrada y producía un escalofrío que se quedaba en el cuerpo como el portazo de la despedida de un amor. Un desaliento que intentaba endulzarlo los dibujos que varios niños habían pegado en la puerta. Monjas niñas pintadas con los mejores colores que encontraron en sus lapiceros. Pintados con todo el amor que profesan a las Hermanas de la Cruz. Un sentimiento inculcado por padres y abuelos desde la cuna.

Entre las astillas había estampas de devociones venidas de todas las geografías. Porque el amor a estas «rosas» como diría el maestro Rafael Díaz Palacios no entiende de límites. «Hay que quererlas por fuerza». Astillas que se clavan en las imágenes de cautivos y nazarenos. Como si dos mil años después quisieran seguir soportando los clavos de tantas personas que hoy se ven huérfanas de la ayuda de la Hermanas de la Cruz.

Me paré un segundo para intentar escuchar el rumor de un rezo. Pero nada. La casa donde nació Fernando Villalón se imponía con un frío abrumador venido desde dentro. La tarde transmitía el vacío de un amor que no llega. El silencio volcaba el alma. Como si fuera una noche de Domingo de Ramos en el intervalo que hay entre el crujir del sillón de Herodes y la primera palabra del canto de las Hermanas. Unos segundos donde el silencio congela el corazón. Es cuando miramos a la cara del Silencio Blanco y comprendemos que un silencio puede ser la mejor lección de amor.

Hoy a las calles de Sevilla le falta el color de «estos ángeles que han bajado a la Tierra». Pero desde el frío de sus pasillos nos están dando la mejor enseñanza que podemos recibir en este duro año. Amar la cruz. Porque «esta enfermedad es la cruz del mundo, y nosotras somos las hermanas de la Cruz». Y pensar que después de la Cruz viene la Gloria. Y saber que después del silencio el canto nos descongelará el corazón. Volverá a llegar el rumor de rezos de tocas blancas como la noche del Domingo de Ramos cuando asome la luz entre las hojas de maderas astilladas. Porque Sevilla sabe que hasta la mayor de las Amarguras se convierte en dulzura.

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