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¿Cómo influirá la «nueva normalidad» en la celebración de procesiones? ¿Es la «nueva normalidad» el fin momentáneo de la religiosidad popular andaluza tal y como la hemos vivido los últimos siglos?

El Consejo de Ministros aprobará este martes un nuevo decreto que regulará las medidas de prevención, contención y coordinación para controlar el coronavirus una vez que el próximo 21 de junio termine el estado de alarma y mientras no sea declarada oficialmente la finalización de la crisis sanitaria, probablemente con la implantación de una vacuna. Eso que desde distintos ámbitos se ha denominado eufemísticamente «nueva normalidad» y que se traduce un conjunto de medidas, impuestas a golpe de decretazo -olviden los consensos y las grandes mayorías parlamentarias fruto del acuerdo entre sensibilidades heterogéneas- para limitar la libertad del individuo. Medidas que, a la espera de que se concreten hasta sus últimos extremos, es obvio que afectarán al normal desarrollo de las relaciones sociales y la celebración de determinados acontecimientos de índole masivo, como conciertos, espectáculos deportivos, procesiones, ferias o romerías.

Entre las principales medidas propuestas por el Gobierno se encuentra el uso obligatorio de mascarillas para los mayores de seis años en la vía pública, en espacios al aire libre y en espacios cerrados de uso público o que se encuentren abiertos al público, así como en los transportes, siempre que no sea posible garantizar una distancia física entre personas de entre 1,5 y 2 metros. El incumplimiento de la obligación de uso de mascarillas será considerado infracción leve sancionado con una multa de hasta cien euros. No cabe duda que esta medida tendrá una clara influencia, no solamente en lo que respecta al público de eventos en los que se prevea una importante concentración de personas, como ocurre con las procesiones, ferias o romerías, sino también en el modo en el que se podrán desarrollar actividades, como las que realizan los músicos en una banda, -no siempre es factible una separación de 2 metros entre los miembros de una formación musical, particularmente en determinados enclaves- y, sobre todo, en el desempeño del oficio de costalero, en el que el distanciamiento social es literalmente imposible. Por no hablar de los hombres que tienen el privilegio de llevar sobre sus hombros a la Virgen del Rocío.

Al respecto, conviene recordar que entre las medidas que ya han trascendido se encuentra la necesidad de que los puestos en los centros de trabajo estén ordenados para garantizar la distancia física de seguridad y los turnos organizados para evitar aglomeraciones. El propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, avanzaba este domingo que «se evitará la concentración de personas en centros de trabajo, hospitales y centros culturales y de ocio». Al respecto, ya ha trascendido que se pedirá a las autoridades medidas para evitar aglomeraciones. Una medida que está por ver cómo se traduce exactamente, pero que difícilmente casa con el concepto de bulla asociado a la celebración de manifestaciones de religiosidad popular en Andalucía. En cualquier caso, podría plantearse una modificación de la estructura de la carrera oficial en las diferentes localidades andaluzas, como ya se ha planteado en el seno del Consejo General de Hermandades de Sevilla, pero, ¿tiene sentido cuando en el resto de los itinerarios el espacio es presumiblemente abierto y de libre acceso? ¿O tal vez hay quienes piensan  que es factible aforar los itinerarios completos de las cofradías? ¿De qué modo puede controlarse una aglomeración en cualquier punto del recorrido de una cofradía?

Sea como fuere, a la espera de la concreción que, en buena lid, debería derivar  -o no, viendo los precedentes en forma de bandazos, perpetrados por este gobierno- del decreto que se apruebe este martes y su consiguiente publicación en el BOE, muchas son las dudas que, en estos momentos, orbitan alrededor de la posibilidad de celebrar procesiones o romerías masivas en los próximos meses, lo que induce a pensar que todas aquellas previstas, al menos hasta final de año, se encuentran en entredicho. Y probablemente también las que hayan de celebrarse la próxima primavera. Tanto es así que incluso hay alguna diócesis andaluza que ya ha anunciado que no habrá procesiones hasta final de 2020, por lo que empieza a cernirse sobre el universo cofrade un panorama ciertamente desolador a menos que una vacuna efectiva propicie otro escenario.

De lo contrario, cabe preguntarse: ¿Es la «nueva normalidad» el fin momentáneo de la religiosidad popular andaluza tal y como la hemos vivido los últimos siglos? ¿Pueden soportar las economías de las hermandades o de las bandas otro año sin procesiones? ¿Y dos o tres? ¿Pueden los profesionales y artesanos que regentan talleres y cuya economía familiar depende directamente del presuuesto de las hermandades? Al contrario de guerras y epidemias pretéritas, ¿Podrá acabar el coronavirus y las medidas del Gobierno con una tradición íntimamente enraizada en el alma de Andalucía? Y sobre todo, ¿cuándo habrá una vacuna y, por consiguiente, cuánto durará esta «nueva normalidad»?

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