Tras la tempestad llegó la calma. Nadie podía presagiar a tenor de cómo se había desarrollado toda la jornada que la tempestad desatada por San Pedro en este martes de pasión invernal se traduciría en el reguero de fe que ha recorrido esta noche, fría y desapacible aunque sin presencia de lluvia, el barrio de Capuchinos.
Cuando la noche todavía no se había apoderado del firmamento el nutrido cortejo que ha acompañado a Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia tomó posesión de la plaza de Capuchinos ante la pétrea mirada del Cristo de los Faroles. Presencia comedida de público y fieles, consecuencia directa de la insoportable jornada que la ciudad de Córdoba ha sufrido, más propia del mes de enero que de encontrarnos en la frontera de la Semana Santa.
Pese a todo, la crudeza climatológica se ha traducido en un ambiente de recogimiento al paso del Señor, elegantemente vestido con una túnica morada, lejos de incomprensibles experimentos pretéritos, y al que ha contribuido el acompañamiento musical elegido para la ocasión.
Un Vía Crucis que, con el recuerdo latente de quienes han rezado esta noche desde el cielo, ha vuelto a deparar escenas para el recuerdo en la antesala de un nuevo Miércoles Santo de Humildad y Paciencia.























